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Julio César Chávez, el gladiador que sí peleó en un coliseo romano

El día que peleó en un verdadero coliseo romano, en 1987, el César del boxeo supo que era el dueño de su propio imperio. Dejó atrás a los personajes con quienes había iniciado, y se rodeó de otros, muy diferentes.

Ivánn Piña

* Este artículo fue publicado originalmente en IZQUIERDAZO

Julio César Chávez es de las pocas personas en el mundo que han tenido la oportunidad de tener contacto con la amplia gama de formas impresas en el espíritu humano. Chávez ha vivido cien vidas y tal vez un poco más.

Para la octava defensa de su título súper pluma del Consejo Mundial de Boxeo, Julio César Chávez viajó al sur de Francia cuando estaba a dos meses de cumplir 25 años. En aquella ocasión, llegar de Ciudad Obregón, Sonora, a un país como ese no solo funcionaba como mero simbolismo de la opulencia que iba entrometiéndose en la vida del campeón. Era un síntoma.

La Arena de Nimes es un anfiteatro romano que cuya datación histórica se remonta al año 27 a.c. durante los tiempos del emperador Augusto. Hoy está remodelado y es un lugar público que sirve de sede para dos festivales taurinos al año. En el 2005 la banda Rammstein dio ahí un concierto que editaron para sacarlo en DVD . Lo mismo hizo Metallica en el 2009.

Para trasladarse, Chávez y su equipo no volaron directo desde el Distrito Federal sino que lo hicieron desde Nueva York para poder hacerlo en un avión Concord de la línea Air France. Un avión supersónico que recorría la distancia en la mitad del tiempo que uno convencional y solo despegaba de ahí rumbo a París y Londres. Habían pasado ocho años luego de su debut, y tres de haber ganado el campeonato súper pluma del CMB tras noquear a Mario "Azabache" Martínez. El campeón mexicano empezaba a recibir un trato inédito, de celebridad.

En 1986 Chávez ya había realizado su sexta defensa de ese campeonato en Paris, frente al argentino Faustino Barrios, quien al quinto round dejó de pelear por órdenes del réferi debido a una fractura en la nariz. En ese momento todavía le quedaba al campeón algún tiempo de seguir generando más encanto entre la gente, fascinación que alcanzó uno de sus puntos más altos en noviembre de 1987 cuando ganó el cinturón de los ligeros frente a Edwin Rosario, y después culminó con 130 mil personas en el Estadio Azteca para verlo pelear con Greg Haugen en 1993.

Para la pelea en el coliseo de Nimes, el 18 de abril de 1987, Chávez se alejó de la gente con la que había empezado a trabajar. Su entrenador Ramón Félix, quien lo convirtió en campeón del mundo, viajó al evento pero en una labor, se podría decir que, secundaria, pues en la esquina ya se encontraba con la intención de llevar a cabo esas funciones, Cristóbal Rosas, que sería su entrenador desde ese momento y por varios años, y a quien Chávez definió, el día de su funeral en el 2003, como "el mejor manager de México".

Tomas Da Cruz era un brasileño moreno que enfrentaba al campeón pluma esa tarde en La Arena de Nimes. En los movimientos de calentamiento se plantó frente a Chávez y saltaba de puntitas tirando golpes. No como retando al campeón, más bien como mostrando que estaba lejos de ser intimidado por la circunstancia.

La pelea era obligatoria por el CMB y no tuvo interés en Estados Unidos, en gran parte por el rival que tenía Chávez enfrente. El empresario francés, Julien Fernández, se atrevió a escoger un mítico lugar para revivir la figura de los gladiadores pero la reacción de la gente no fue la esperada y al final Fernández no pudo costear la función; dio cheques sin fondos por 120 mil dólares.

El ring estaba colocado al centro del coliseo que tiene 133 metros de largo y 101 de ancho. Tiene una capacidad para 16 mil espectadores y en la tarde de la pelea –con el sol cayendo directamente sobre la arena– todavía no contaba con la cubierta movible y el sistema de calefacción que le integraron en 1989.

El brasileño Da Cruz pronto se dio cuenta que la fama de castigador que Chávez tenía era bien merecida y muy pronto en la pelea trastrabilló, yéndose contra las cuerdas luego de una derecha recta, ante la pasividad de una Arena Nimes semivacía, en donde la mayoría del público tenía aspecto de turista: lentes oscuros, gorras, uno que otro sombrero. Pero sobre todo porque parecían comportarse como si estuvieran viendo una obra de teatro.

Julio seguía buscando la pelea en corto, con su peculiar estilo, repitiendo el gancho de izquierda al cuerpo cada minuto. "Ahí, eso. Abajo", le festejaban en la esquina cada vez que conectaba. El brasileño se quedaba en el rango para intercambiar golpes, y aunque lograba situar alguno de ellos sobre el rostro de Chávez, generalmente salía perdiendo. En el quinto round volvió a trastabillar y vino una serie de martillazos que el campeón pegó sin respuesta hasta que el réferi Rudy Ortega detuvo el combate.

Esta anécdota extraña solo puede concebirse como una experiencia más de las que Julio César Chávez ha acumulado durante su estancia en la tierra. Parece intencionalmente la manera en que algunas personas nacen para vivir y dar origen a tantos relatos, como si fueran escogidos.

Las resonancias épicas en la carrera de Julio César Chávez rebasaron su propia capacidad de entendimiento. Julio César, el máximo constructor del imperio boxístico mexicano, se paraba en un coliseo romano para ver al público con rostro desafiante. Eso lo vimos nosotros. Él solo vio a un rival más, y liquidó a Da Cruz con la misma diligencia que lo hizo con todos los rivales de esos años, para poder regresar a su añorado México con la misma prisa con la que se fue, volando en el Concord.

A Chávez más tarde en su carrera, cuando tenía "el país a sus pies" como el mismo lo ha dicho, se le relacionó con Salma Hayek, con los Arellano Félix y hasta con Salinas de Gortari. El campeón ha confesado haber estado bajo la influencia de la cocaína en su pelea contra Frankie Randall, entre muchos otros cuentos más. Ese era el verdadero imperio de Chávez, el imperio donde él realmente quería estar.

Tal vez por eso es muy comprensible cuando de repente se le puede notar el cansancio en su voz. O cuando percibimos en él una mirada llena de melancolía, que se borra repentinamente con una broma sagaz, una palabra altisonante o un golpe tirado al aire. Chávez ha vivido cien vidas, y tal vez un poco más.