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tiempos y medidas desesperadas

Apuntes sobre un malo y muy extraño Monday Night RAW

Con tres horas sobrecargadas, el "Monday Night Raw" es casi siempre una carga pesada. Pero saturar esto aún más fue malo en una nueva escala.

Ian Williams

Photo by Gavin St. Ours via Flickr/Creative Commons

El Raw de la WWE puede llegar a ser un show difícil de ver casi todas las semanas. Tiene una duración de tres sofocantes horas que desafía a cualquier organización —incluso a una con el doble de ideas de la WWE— que pretende atraer gente semana a semana. La compañía tiende a progresar fuera de WrestleMania y SummerSlam, dejando al prolongado show semanal a la deriva creativamente hablando. La mayoría del tiempo, "Raw" es el programa de televisión menos optimista, devoto, o engañoso, que probablemente puedes perderte.

Es algo por lo que el Raw del 19 de octubre vale la pena resaltar por pura maldad. Este Raw particularmente sobreactuado no tuvo un tedio ordinario; fue especial, aún peor, específicamente porque la WWE quiso tirar la casa por la ventana. Esta vez, la organización hizo su mejor esfuerzo para hacer de Raw un show convincente. Fallaron.

Raw es parte de un raro deporte. Los niveles de audiencia del show están por los suelos. No es una sentencia de muerte porque el show aún atrae más televidentes que otros programas de cable, pero sí coloca a la WWE en una curiosa posición. No se trata de una compañía de producción que simplemente puede inventar un nuevo show cuando el que actualmente tiene deje de existir. La WWE es el show.

El lunes, Raw tenía que ser bueno. Con los niveles de audiencia decayendo, necesitaban vender suscripciones para la exitosa pero no tan exitosa WWE Network antes de la pelea de los pesos pesados "The Undertaker" y "Brock Lesnar" en el Hell In A Cell de este domingo. El show se realizó en Dallas, casa del siguiente Wrestlemania, un show que la WWE ya está inflando más de lo común. La caminata cuesta arriba vino acompañada de un poderoso vendaval: un juego de futbol americano de lunes por la noche entre Giants e Eagles que además incluyó el debut de nuevo tráiler de Star Wars. Parece como si la cultura popular estuviera conspirando contra la WWE.

Así que el imperio contraatacó con todo su arsenal pesado al entregar un episodio desquiciado y llenos de apariciones especiales. Las criticas sobre la inestabilidad de la WWE al tratar de crear nuevas estrellas es verdad, pero en su mayoría irrelevante. A la gente le gusta ver a los tipos más viejos, y lo que la WWE hizo fue juntarlos a todos. Steve Austin, Shawn Michaels, Undertaker, y Ric Flair se presentaron el lunes. Si amas los clásicos —soy el primero en levantar la mano— este debió ser tu show.

Y fue un desastre. El momento más extraño fue el primero: Austin salió con las manos temblorosas por un nerviosismo inusual, saludó a los fanáticos de Dallas, y después desapareció sin música. No fue visto de nuevo. Michaels se puso a hablar de Seth Rollins, una de las luces jóvenes más brillantes de la WWE; Flair le dijo a Roman Reigns que era su mano derecha de una forma incómoda antes de voltear a su alrededor ligeramente confuso cuando la canción de Reign sonó. Undertaker se puso a promocionar a Lesnar y a hablar de la muerte, generando gritos y chiflidos a medias de los fans en la arena.

El efecto acumulativo fue pura emoción forzada y desapegada. Las multitudes comienzan a darse cuenta: excepto por la estridente reacción que recibió Stone Cold cuando el sonido de vidrio hecho pedazos se hizo presente, se podía escuchar un alfiler caer cuando las leyendas estaban hablando. Si esta es una señal de que el pozo de la nostalgia por fin se está secando, la WWE está en problemas. Intentaron en cada giro asegurarse de que nadie fuera mejor que los tipos de antaño —excepto por Roman Reigns, el futuro campeón escogido por la promoción, y la persona que lleva las reacciones de los fans de tibias a activamente antagónicas. También él estaba ahí el lunes como parte de una reunión de su grupo SHIELD. Tampoco logró mucho.

Por más que la WWE enfrente problemas, con su espalda contra la pared, casi siempre logra salirse con la suya. La última Wrestlemania, que se vio al borde de la putrefacción en papel pero que terminó siendo muy divertida, es un ejemplo de ello. Cuando la WWE lo intenta, casi siempre funciona. La mayoría de la frustración de los fans con la promoción es un resultado de cuán poco y cuán esporádicamente parecen intentarlo.

Por esta razón, el Raw más reciente se sintió como un indicador de un hastío más profundo de lo usual. No hay duda de que Vince McMahon y la compañía cagaron tunas cuando se enteraron del tráiler de Star Wars, aunque es una duda con cuánta anticipación. Por alguna razón —la presión de los ratings bajos, el shock del anuncio del tráiler, el clima o algún evento astrológico— no hubo conejo en el sombrero de McMahon, pero sí mucha desesperación.

No hay duda de que habrá otra oleada creativa en un momento oscuro, otro momento mágico de la WWE cuando más se necesite. Casi siempre los hay. Pero el mar de caras largas en las gradas y los luchadores sorpresivamente fatigados en el ring del lunes por la noche apuntan hacia un cansancio más profundo y acrecentado en Stamford.