Alain Robert escalando el Indosat Building de Jakarta, de 120 metros de altura, en 2005. Imagen vía Beawiharta, Reuters

Alain Robert, el hombre que eligió ser Spiderman

Con más de 80 edificios escalados en todo el mundo, Alain Robert es historia viviente de la escalada libre... y eso que de pequeño tenía vértigo.

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nov. 25 2016, 12:00pm

Alain Robert escalando el Indosat Building de Jakarta, de 120 metros de altura, en 2005. Imagen vía Beawiharta, Reuters

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Alain Robert ha escalado hace unos minutos la Torre Agbar de Barcelona. Cuando consiga bajar, lo estarán esperando los Mossos de Escuadra, la policía catalana. Habrá sorprendido a muchos pero no es la primera vez que este Spiderman consigue coronar el mítico edificio barcelonés y centrar la atención de los curiosos. Ya lo hizo en 2007. Esta es su historia.

¿Queréis saber cómo encontrar la pequeña diferencia entre el mayor escalador libre de la Historia de la humanidad y vosotros?

Podéis descubrirlo contestando a una pregunta muy simple.

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Imaginaos el siguiente escenario: volvéis a casa sin llaves en plena noche siendo adolescentes y no podéis entrar hasta el día siguiente porque vuestros padres no volverán hasta entonces. Por desgracia, no tenéis más remedio que entrar como sea, porque vuestros padres son de aquellos que difícilmente se tragarán la excusa de que habéis dormido en casa de un/a amigo/a.

Sigamos imaginando. Supongamos que el piso está a ocho plantas de altura, que hace mucho frío porque es invierno y que a la edad que tenéis el mundo es un lugar lleno de peligros para un enano rubio como vosotros. Por si eso fuera poco, encima tenéis vértigo.

¿Que haríais?

De niño yo le tenía miedo a todo, carecía de confianza en mí mismo y era tímido. Todo me inspiraba terror. Por supuesto que ahora ser temerario significa mucho para mí, porque puedo hacer realidad mi sueño.

A diferencia de lo que habríamos hecho la inmensa mayoría de nosotros, el protagonista de esta historia demostró una valentía espectacular, escaló el edificio hasta la octava planta y entró por la ventana como si nada hubiera pasado. Pasó unos segundos sentado en el suelo en el salón sin creerse lo que había hecho, tardó unos cuantos más en volver a la respiración normal, y poco después le llegó la revelación: el jovencísimo Alain Robert quería ser escalador.

Cuando pensamos en escalada, a la mayoría de nosotros nos viene a la mente un paraje natural: una colina, una pared de piedra, un pequeño barranco. Las pequeñas y poco peligrosas montañas de Valence, en el sur de Francia, serían un buen ejemplo de ello. Fue allí donde Robert se unió por primera vez a un equipo de Scouts para poder dedicarse a su emergente pasión. Poco se podía imaginar entonces que pronto dejaría la naturaleza de lado.

Lo que hace de Robert un poeta de la escalada moderna, un Raffael versión 'street art', es que el bueno de Alain no escala rocas ni piedras, sino enormes estructuras de metal y cristal: inmensas construcciones realizadas por seres humanos que, en su afán por superarse siempre, intentan llegar hacia el cielo en una competición infinita con el objetivo de dilucidar quién la tiene más grande. Esto no puede sino hacer feliz a Alain: al fin y al cabo, cuantos más y más altos rascacielos haya, más y mejor material para escalar tendrá el francés.

Alain se dio cuenta poco a poco de cómo su pasión podía convertirse en un trabajo. Escalar rascacielos es algo que no muchos pueden hacer; si llamaba a las puertas adecuadas, sería fácil atraer la atención de los medios... y también sería sencillo conseguir patrocinadores para sacarse unos eurillos. Si sabes hacer algo bien, no lo hagas gratis, como decía el Joker.

Tenemos, pues, que Robert hacía una cosa increíble y sencillamente necesitaba sponsors. ¿Cómo llamar suficientemente la atención como para atraerlos?

Pues escalando las Torres Petronas de Kuala Lumpur, por ejemplo.

Robert empezó su carrera como si de un personaje de GTA se tratara: se encargó de ir cumpliendo misiones, pagado por empresas que querían una publicidad 'alternativa'. Las compañías en cuestión le prometían también la cantidad de dinero necesaria para pagar el rescate de la cárcel, donde solía terminar después de cada aventura: al parecer, la Policía no suele ver con buenos ojos el hecho de que un tío escale enormes rascacielos con las manos desnudas y sin permiso.

Lo más curioso del tema es que Robert parece preferir la opción de escalar de manera ilegal; ello implica que hay menos personas implicadas en sus empresas, y por ende menos dolores de cabeza para él. Un buen ejemplo es cuando escaló el edificio Vysotsky de Ekaterimburgo, en Rusia, por encargo de un banco que quería hacerse publicidad de una forma inusual. Las autoridades rusas no fueron informadas de la cuestión, así que el evento no fue autorizado... pero Alain escaló el edificio de todos modos.

Pago mis impuestos, soy un contribuyente más y tengo mi seguridad social como cualquier trabajador: solo que me pagan por hacer algo ilegal. Esto es lo curioso.

La policía local detiene Alain Robert después de haber escalado el edificio Italia de São Paulo en el febrero de 2008. Foto de Rickey Rogers, Reuters

El problema de Robert es que prácticamente nunca tiene tiempo para celebrar sus logros, porque justo en el mismo momento en el que pone el pie en el suelo le detienen y va de cabeza a la cárcel. Alain ha terminado encerrado prácticamente en todos los sitios donde ha escalado, aunque el público siempre le ha tratado como a un verdadero superhéroe que no está ni en el lado bueno ni en el lado malo. Tras recibir los gritos de ánimo del público, Alain siempre tiene que pasar algunos días, a veces incluso semanas, en el trullo.

Aunque, bueno, tampoco es tan grave: está claro que la policía no es lo peor que te puede pasar cuando escalas edificios como el Empire State a manos desnudas, ¿no?

No me gusta mirar hacia abajo porque cuando era joven me daban miedo las alturas. Para mí es como una recompensa, porque no voy decir que domino las alturas, pero al menos puedo decir que soy capaz de dominar mis temores.

Alain Robert empieza la escalada de un edificio en La Habana en febrero de 2013. Imagen vía Stringer, Reuters

Robert, como muchos seres humanos, necesita que alguien le mire mientras lleva a cabo sus gestas. Al fin y al cabo, si nos entrenamos es para después mostrar al público todo lo que sabemos hacer y poder rellenar así nuestro terrible vacío interior. Alain lo sabe perfectamente, y desde el primer día fue consciente de que los demás, que habían sido la causa de su timidez cuando era un niño, eran también la solución para su problema. Un poco como le pasaba a Homer Simpson con el alcohol.

Es comprensible, pues, que para Robert sea muy difícil siquiera plantearse el dejar la escalada. Al fin y al cabo, enfrentarse a la muerte a manos desnudas es la forma que tiene el francés de escapar de lo que él llama 'burbuja de seguridad', esto es, la forma de vivir la vida en una cómoda zona de confort —exactamente lo que Alain jamás quiso tener.

El propio Robert confesó en una entrevista para un documental que no le parece especialmente mal la idea de morir escalando, porque al fin y al cabo sería una forma de bajar el telón haciendo lo que de verdad le gusta y lo que da sentido a su vida: ¿no sería acaso una muerte feliz?

Robert tiene hoy 54 años. Empieza a hacerse mayor para escalar, y muchas veces siente el peso de la edad en sus articulaciones y sus músculos. Alain, no obstante, parece haber trasmitido su pasión a sus tres hijos, que siempre le siguen con entusiasmo (y algo de miedo); al fin y al cabo, parece que el escalador francés también es un buen padre... al menos, mientras no está escalando la escalando la Torre Agbar de Barcelona, por ejemplo.

Alain Robert con la bandera del Nepal, escalando el edificio Tour Montparnasse de París, de 210 metros de altura. Foto de Gonzalo Fuentes, Reuters

Muchos ven a Robert como a un semidiós, alguien que solo puede nacer una vez cada mil años. Sin embargo, la realidad es algo distinta. Si vemos sus vídeos y sus entrevistas, nos daremos cuenta de que Alain es una persona normal con una pasión singular: no es una estrella excéntrica, ni un héroe inmortal, sino alguien que ha elegido un camino cuando menos inusual.

Y esto es lo mejor de esta historia. Robert, como nosotros, ha buscado la mejor manera de vivir su existencia de una forma única y personal... y ha encontrado una forma de hacerlo que además le permite que el mundo le conozca: Alain se ha convertido en el 'Spiderman francés'.

La última empresa de Robert ha sido escalar el rascacielos Cyan Tower de Dubái: 307 metros divididos en 75 plantas que el 'hombre araña' galo ha escalado en solo 70 minutos.

Superado éste, ¿cuál será el siguiente reto de Alain Robert, el hombre que para huir de la mediocridad eligió ser Spiderman?

¡Lo descubriremos en el próximo capítulo!

Niccolò Massariello ha colaborado en la redacción de este artículo. Síguele en Twitter: @nicolerebo