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Cómo Hitler utilizó el boxeo para su campaña nazi

El boxeo fue otra arma nazi para intentar demostrar la supremacía fascista, aunque al final no acabó de salir del todo bien.

César González Gómez

El boxeo fue otra arma nazi para intentar demostrar la supremacía fascista

Tras un fallido golpe de estado en Alemania en 1923, Adolf Hitler fue encarcelado. Durante su reclusión escribió Mein Kampf (Mi Lucha), un libro que sería una declaración de principios, donde Hitler estableció su ideología. En Mein Kampf, Hitler teorizó que el estado alemán debía darle más énfasis a la educación física en las escuelas y especialmente a un deporte que era del agrado del Führer: el boxeo.

"Hay un deporte que debe ser especialmente alentado, aunque muchas personas que se hacen llamar conservadoras lo consideran brutal y vulgar, y ese es el boxeo. Es increíble la cantidad de nociones falsas que prevalecen entre las clases cultas. El hecho de que un joven aprenda esgrima y luego use su tiempo en duelos es considerado muy natural y respetable. Pero el boxeo lo consideran brutal. ¿Por qué?

No hay otro deporte que, como este, iguale el espíritu militante, ni que demande una potencia de decisiones rápidas o que le dé al cuerpo la flexibilidad del buen acero. No es más vulgar que dos jóvenes diriman sus diferencias con sus puños que con dos afiladas piezas de acero. Alguien que es atacado y se defiende con sus puños no actúa con menos hombría que alguien que huye y clama la asistencia de la policía. Pero, sobre todo, un hombre joven debe aprender a resistir golpes duros".

"Hay un deporte que debe ser especialmente alentado, aunque muchas personas que se hacen llamar conservadoras lo consideran brutal y vulgar, y ese es el boxeo."

Hitler asegura en Mein Kampf que el principio con el que intenta promover el boxeo puede parecer salvaje para quienes peleaban solo con las armas del intelecto, pero considera que el ideal humano se encuentra en la "personificación osada de la fuerza masculina y en las mujeres capaces de traer hombres al mundo".

"Si nuestra clase superior no hubiera recibido una educación tan distinguida, y si, por el contrario, hubieran aprendido boxeo, nunca habría sido posible para los acosadores, desertores y otros canallas hacer una revolución en Alemania.

El éxito de esta revolución no se debió a las actividades valientes, enérgicas y audaces de sus autores, sino a la lamentable cobardía e indecisión de quienes gobernaban el estado alemán en ese momento. Pero nuestros líderes educados solo habían recibido entrenamiento 'intelectual', y por lo mismo se encontraron indefensos cuando sus adversarios usaron el hierro y no las armas intelectuales".

Cuando, finalmente, Adolf Hitler pudo llegar al poder en enero de 1933, había un peso pesado alemán que había ganado y perdido el campeonato mundial de boxeo y, para intentar resarcirse, buscaba recuperar el título: Max Schmeling.

La revancha entre Schmeling y Louis tomó otros tintes propagandísticos, era la pelea de la democracia contra el fascismo

Para Hitler, Schmeling se convirtió de inmediato en una gran herramienta de propaganda y, unos meses después, en mayo de 1934, el boxeador fue invitado a la cancillería para encontrarse con Hitler antes de partir a Estados Unidos para su pelea con Max Baer.

En palabras de Schmeling, Hitler fue amable e instruyó al luchador a hablar bien del gobierno nazi en Estados Unidos. Pero el interés de Hitler en Schmeling no solo era para que hablara bien de su régimen, sino que había razones ideológicas detrás de lo que el púgil y el boxeo representaban para Hitler, tal como lo había manifestado en Mein Kampf.

El autor David Clay Large en su libro Nazi Games: The Olympics of 1936 asegura que el régimen de Hitler estuvo inspirado en muchas de las nociones de los antiguos pueblos griegos. Un buen ciudadano alemán debía ser intelectualmente iluminado como los griegos, pero también entrenado para la guerra como los espartanos.


Clay Large explica en su libro que la asistencia regular de Hitler a las competencias de los Juegos Olímpicos de 1936 que se celebraron en Berlín fue solo un alejamiento parcial a su acostumbrada indiferencia a los deportes. Solo le interesaba la posición de Alemania en el medallero y no prestaba atención a la técnica de los diversos deportes. "El único deporte que parecía despertar genuinamente su interés", explica Clay Large, "era el boxeo".

Hitler le concedió a Max Schmeling algunos beneficios, como tener un manager judío estadounidense, a pesar de que Hitler ya había iniciado una "purificación" racial en todos los ámbitos del boxeo y los judíos habían sido relegados por completo de las competencias.

E incluso, Schmeling conservó sus privilegios a pesar de ser noqueado en junio de 1933 por Max Baer, un boxeador estadounidense que aseguraba ser judío (aunque es debatido por varios biógrafos) pero que esa noche subió con un símbolo judío, la estrella de David, bordada en el pantaloncito. Además, antes declaró que cada golpe que le diera a Schmeling era también "un golpe para Adolf Hitler".

En 1936, se dio la oportunidad perfecta para ejemplificar la superioridad racial del pueblo que tanto había proclamado Hitler. No solo se celebrarían los Juegos Olímpicos en suelo alemán, sino que el 19 de junio Max Schmeling se enfrentaría en el Yankee Stadium de Nueva York al estadounidense Joe Louis, un talento que iba en un ascenso vertiginoso, que era una futura leyenda del boxeo y que, además, era de raza negra. Para Hitler era el momento de demostrar que su raza era superior y que su sistema de gobierno era mejor que el estadounidense.

Aunque Joe Louis era el favorito, Max Schmeling encontró una carencia en el estadounidense: cada vez que lanzaba el jab (golpe para mantener al adversario lejos) dejaba el brazo extendido demasiado tiempo y quedaba expuesto a la mejor arma de Schmeling, el cruzado de derecha. Así fue como Schmeling dominó la pelea, hirió seriamente el rostro de Louis y lo noqueó en el round 12. Era la primera derrota en la carrera del estadounidense.

Schmeling recibió más de 1200 telegramas desde Alemania, incluyendo los enviados por el propio Hitler y por su mano derecha, el ministro de propaganda Joseph Goebbels. Hitler rápidamente invitó a Max Schmeling a la fiesta en la cancillería tan pronto como aterrizara en Frankfurt. Hitler le agradeció el triunfo a Schmeling en nombre del pueblo alemán y ordenó que se proyectara la filmación del combate que el pugilista había llevado consigo. Pocos momentos deportivos debieron ser más emotivos para Adolf Hitler.

En plena cancillería, todos veían el triunfo en la pantalla de un alemán sobre un hombre estadounidense de raza negra y, además, en el deporte favorito de Adolf Hitler. Era la confirmación de lo que el propio Hitler había escrito en Mein Kampf.

Joe Louis arremetiendo un zurdazo al fascismo

Joe Louis buscó la revancha que por fin se concretó en 1938. Para entonces, la posición política de Adolf Hitler se había radicalizado, se abrió un cuarto campo de concentración en Buchenwald, el ejército nazi se incrementaba con más soldados y armas, y la guerra parecía inminente.

La revancha entre Schmeling y Louis tomó otros tintes propagandísticos, era la pelea de la democracia contra el fascismo, del bien contra el mal. Joe Louis, que había sido discriminado y humillado por su piel negra en Estados Unidos, de pronto se convirtió en un héroe, en el mensajero del bien.

Joe Louis dio la pelea de su vida, salió como un ciclón sobre el alemán y lo castigó hasta derribarlo tres veces en el primer round. Tras la tercera caída, el entrenador del alemán lanzó la toalla en señal de rendición, pero solo el réferi podía detener el combate. El entrenador se metió al ring para parar la golpiza, pero el réferi (es decir, la especie de árbitro) lo empujó a un lado y siguió contando hasta que dio por terminado el encuentro. Max Schmeling no se levantó.

A Joe Louis le bastaron 2 minutos y 4 segundos en la revancha para derrumbar todo lo que Adolf Hitler había construido alrededor del triunfo de Schmeling sobre Louis en el primer combate.

Hitler ardió en cólera tras la derrota de Schmeling. Le retiró su estatus de héroe nacional y luego le ordenaría incorporarse al ejército para pelear en la Segunda Guerra Mundial.

En 1938, Schmeling cayó noqueado a los pies de Joe Louis y siete años después, en 1945, fue el propio Adolf Hitler, el creyente del boxeo, quien cayó noqueado en su bunker. Se había suicidado mientras el ejército soviético entraba a Berlín y hacía inminente su derrota. El golpe: una devastadora dosis de cianuro.