Keith Allison // Flickr

Tracy McGrady y sus 13 puntos en 35 segundos

Tracy McGrady fue un jugador espectacular. Fue como la segunda versión de Penny Hardaway. Alguien extremadamente atlético, ágil, con un tiro letal y una explosividad sin igual.

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abr. 10 2017, 10:35am

Keith Allison // Flickr

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Hace unos días se reveló quién integraría el curso de 2017 para ingresar en Salón de la Fama del baloncesto. Este grupo incluye a los entrenadores Robert Hughes y Bill Self, a Rebecca Lobo, Muffet McGraw, los directivos Mannie Jackson, Tom Jernstedt y Jerry Krause, los jugadores Zack Clayton, Nick Galis, George McGinnis y a nuestro muy querido Tracy McGrady.

Tracy McGrady fue un jugador espectacular. Fue como la segunda versión de Penny Hardaway. Alguien extremadamente atlético, ágil, con un tiro letal y una explosividad sin igual. Lo veías, espigado, corriendo por la pista y de la nada se sacaba un tiro, lo clavaba y hacía que el aro llorara durante unos días. McGrady formó parte de esa generación que saltó directamente del baloncesto de preparación a la NBA y, una vez ahí, tuvo una gran carrera, jugando para varios equipos, incluidos los Raptors, Magic, Rockets, Knicks, Pistons, Hawks, Qingdao Eagles en China y, en su última temporada, en 2013, fue El habano humano de los Spurs, es decir, solo lo metían en pista cuando ya habían ganado.

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T-Mac tiene una seria cantidad de jugadas gracias a las cuales quedó inmortalizado en la mente de todos los que lo vimos jugar. Tal vez, la primera que les viene a la mente es esta:

Él, rebotando la bola contra el tablero y matándola en el All-Star Game del 2002.

Sin embargo, hay otra secuencia que es la que, en mi opinión, elevó a McGrady a nivel de leyenda y lo puso en la misma conversación cuando alguien menciona los 8 puntos en 9 segundos de Reggie Miller contra los Knicks.

Todo ocurrió el 9 de diciembre del 2004 en un partido de temporada regular entre los Spurs y los Rockets. Los Spurs, como todos los años desde que el hombre descubrió el fuego, eran un equipo lleno de talento que tenía la mira en otro campeonato. Ese año, su equipo incluía a Tim Duncan, Tony Parker, Manu Ginóbili, Robert Horry, Brent Barry, Bruce Bowen y Malik Rose, entre otros. Equipo que, en comparación con el de los Rockets, que incluía a T-Mac, Yao Ming, Juwan Howard, Jimmy Jackson, Dikembe Mutombo y Tyronn Lue, se veía infinitamente superior.

Así que ahí estaban en un clásico de Texas entre San Antonio y Houston y todo indicaba que los Spurs se llevarían la victoria. No digo que se la llevarían porque fueran mejores o porque tiraron mejor en el campo ese día, lo digo porque con 41 segundos restantes, iban ganando de 8, un margen que normalmente es imposible remontar con ese tiempo, pero margen que sería remontado de una forma milagrosa ese día.

La secuencia que seguiría fue una locura. McGrady decidió no rendirse y ganar el partido él solito. Primero, un triple, ¡Boom! Luego, un foul y cuenta de tres sobre Duncan, ¡Bang!, seguido de otro triple sobre el, en aquel entonces, mejor defensor de la liga, Bruce Bowen, ¡Bam! Y como cereza de cierre del pastel, un robo y un triple para darle la victoria a los Rockets, ¡Uau! Creo que leerlo no es tan emocionante como verlo así que aquí lo tenéis:

Es digno de verse una y otra, y otra vez, todas las que sean necesarias para entender la grandeza del asunto. No le está haciendo esto a los Bucks, se lo está haciendo a los Spurs de Popovich y lo está haciendo él solito. Ese momento fue como El Guernica de McGrady, su obra maestra y la jugada con la que miles de padres alrededor del mundo les enseñaron dos cosas muy importantes a sus hijos:

Jamás te des por vencido.

Jamás te vayas del pabellón si todavía queda tiempo en el electrónico.

Simplemente espectacular: Tracy McGrady.

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