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El Culto: Hulk Hogan

Para un niño nacido a principios de los 90, el glorioso circo de la lucha libre profesional era visto sin malicia. Pero para un adulto la realidad encarnada por Hulk Hogan era otra.

Will Magee

Will Magee

Illustration by Dan Evans

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Grado de Culto: La venda en los ojos

Para un niño nacido a principios de los 90, el glorioso circo de la lucha libre profesional era visto sin malicia. Para los jóvenes el exagerado teatro de peleas y fanfarronería era tremendamente fantástico. En alguna parte del mundo estos semidioses con músculos bronceados batallaban mutuamente, aventándose o cargando a sus rivales sobre el cuadrilátero; desde luego, los calzoncillos de colores llamativos a la altura de la cintura no podían faltar. Eran hombres de estatura gigantesca que parecían poder aguantar una cantidad inhumana de castigo físico, y por lo mismo lucían como encarnaciones de los superhéroes de caricaturas y cómics que muchos de nosotros solíamos devorar.

Entre estos gigantes había un personaje particularmente increíble que de alguna forma atrajo la psique de la niñez más que cualquiera de sus contemporáneos. Ese hombre era Terry Bollea, mejor conocido como Hulk Hogan. A pesar de encontrarse relativamente en el último tramo de su carrera, Hogan seguía siendo uno de los luchadores que más lucía sobre el ring gracias a su fortaleza física y monstruosa estatura de más de dos metros. Había algo llamativo en su rubio bigote con forma de herradura, su pañuelo amarillo, y el hábito de romperse la camiseta mientras gritaba como un desquiciado que entusiasmaba a nuestros jóvenes corazones, tal vez porque su papel como luchador era, en esencia, el atávico ego masculino con la estética de Flash Gordon y He-Man.

Aquellos eran tiempos idílicos, inocentes, cuando los niños podían ser niños y las noticias sobre la guerra en Iraq eran cosa diaria. La escuela era divertida, los veranos duraban años y mientras, los parques y zonas de juego resonaban con el eco de los niños que debatían si la lucha libre profesional era o si, como aseguraban nuestros padres, era una falsedad. Al mismo tiempo que la mayoría decidíamos a qué equipo de fútbol brindarle nuestra lealtad, también teníamos a un luchador favorito. Los luchadores de aquella época formaron una nueva camada, pero pocos eran como Hulk Hogan, quien era más una institución que luchador, un hombre que podía presumir simultáneamente su escandaloso y rubio vello facial, su calvicie, su bronceado a base de spray, y sus gafas de sol.

Su popularidad entre los niños fue tan grande que apareció en varias películas de los 90 que se repetían infinidad de veces en época de vacaciones o días de fiesta. También apareció en la portada de la serie de videojuegos Legends of Wrestling en 2001, aprovechando el auge de la PS2, la primera Xbox, y de la consola más grandiosa de todos los tiempos, GameCube. Hogan fue la imagen perdurable de la lucha libre profesional, incluso cuando había alcanzado su punto más alto una década antes. En aquellos ingenuos años en el alba del nuevo milenio, éramos unos niños, y Hulk Hogan parecía ser un modelo más a seguir.

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Como es natural, crecimos y maduramos, y la gran mayoría hemos reflexionado sobre todo esto. A diferencia de los equipos de fútbol o de cualquier otro deporte que acogimos durante la niñez, nuestro afecto hacia los personajes de lucha libre ha desaparecido casi por completo. Aunque existen residuos de nostalgia, el atractivo popular de este deporte ya no es el mismo. Esto puede atribuirse al cambio en los gustos, en parte al fracaso creativo de personajes e historias de los luchadores, y ciertamente porque nos dimos cuenta que el espectáculo frente a nosotros estaba meticulosamente planeado. Conforme las artes marciales mixtas y los deportes de contacto comenzaron a tener más alcance, la aproximación dramática de la violencia se volvió menos emocionante para la mayoría de las personas. Además, creer que personajes como Hulk Hogan eran modelos a seguir se volvió una idea errónea y extraña.

El personaje de Hogan resultaba escandaloso. Aunque era igual de ruidoso, cruel y masculino que los demás luchadores, gran parte de su máscara estaba conformada de patriotería estadounidense, la cual en el contexto del evidente racismo que existe en la historia moderna de la lucha libre profesional, no puede clasificarse como algo bueno y divertido. Teniendo en cuenta que Hogan estuvo involucrado en un intercambio de tintes racistas con Tony Atlas cuando éste le hacia de villano en los 80 —planeado, desde luego, pero sin duda parte de su legado profesional— su papel como el patriota omnipotente acorazado por la bandera de las barras y las estrellas resultaba aún más fuera de lugar. Después vino el escándalo por racismo que concluyó su asociación con la fraternidad de la lucha libre. De esto hablaremos más adelante.

Si a esto le añadimos cuatro temporadas del reality show 'Hogan Knows Best' —programa de mitad de los dos mil que atrofiaba a su audiencia, presentaba la disfunción de su familia, y mostraba a Hogan como el patriarca familiar— la admiración que teníamos por él de niños resulta todavía más inapropiada y penosa. Todo esto fue trágico para la imagen de un superhéroe, quien además tuvo que lidiar con el divorcio de su esposa Linda, y con el encarcelamiento de su hijo Nick, después de que éste tuviera un accidente de coche en el que uno de sus amigos resultó gravemente herido. El siguiente golpe para la imagen de Hogan se dio a principios de 2012, cuando Gawker publicó parte de un vídeo sexual donde aparece el luchador.

Aunque su apariencia física era exclusiva, su confesión durante el juicio del promotor de WWF, Vince McMahon, en 1994 donde aceptó haber consumido esteroides durante años para subir de peso, debieron hacer de Hogan un ejemplo inapropiado para los niños. Sin embargo, Hogan seguía siendo dirigido hacia la niñez, no sólo por medio de sus películas y videojuegos, sino también por medio de muñecos de acción y mercancía escolar. El hecho es que este tipo gestos pasaban en su mayoría por debajo del radar, algo difícil de creer.

Pero a pesar de sus defectos y metidas de pata, Hulk Hogan no es el primero ni el último modelo a seguir raro y poco deseable entre los luchadores. Sus defectos reflejan, de muchas formas, aquellos en el cénit de la lucha libre profesional en una época donde algunos no podían diferenciar la ficción de la realidad. No nos referimos a que Hogan arruinara nuestra niñez —muchos siguen recordando sus payasadas, incluso ahora que somos consciente de muchas cosas—. Es simplemente decir que en algún tiempo vimos a Hulk Hogan como un héroe de cómic, un Action Man de carne y hueso,hasta que la venda descubrió nuestros ojos y no nos gustó lo que vimos.

Punto de entrada: No hay quien pare la Hulkamanía

Dejando de lado todo esto, no podemos negar que Hogan sabía cómo entretener al público. Aunque su marca de entretenimiento fue absorbida por una generación de niños sin criterio, brillaba bajo sus propios méritos gracias a sus locuras. En los 80 fue tan popular en Estados Unidos que la Hulkamanía arrasó por todos lados. Hogan fue el ídolo que ondeaba la bandera de las barras y las estrellas, y que vestía con camisetas con el mensaje "Hecho en Estados Unidos".

A mediados de los 80, en lo más alto de la Guerra Fría, el estatus de Hogan como superhéroe estadounidense fue todavía más potente. Tras darse a conocer por su participación en la película Rocky III —en la que pelea contra Sylvester Stallone— Hogan se convirtió en un ícono cultural. Su amor por todo lo estadounidense lo colocó como el líder nato de la libertad. En un enfrentamiento contra Nikolai Volkoff en 1985, Hogan fue tan lejos como para pegarle cabezazos a la bandera de la Unión Soviética, proclamándose de esta manera el defensor de los Estados Unidos.

Pero su espectáculo no era para todos, a pesar de que Hogan aseguraba que sí lo era. Los hulkomaniacos que lo seguían por todo el país eran fans comprometidos y fieles. Cuando Hogan dijo que "Dios creó a los cielos, la tierra y los hulkomaniacos", no hay duda que hubo unos cuantos que se lo tomaron literal.

Tal vez en algún punto de su ascenso meteórico, Hogan se contagió de su Hulkamanía. Aunque Hogan fue un personaje, Terry Bollea habla de su alter ego sin una clara delimitación entre realidad y ficción. Esto podría explicar parcialmente su caída. Después de todo, era sólo cuestión de tiempo para que el mismo mensaje acabara por tomar control de la mente de Hogan o Bollea.

El Momento: El declive

Al final, la carrera de Hogan se vino abajo por los comentarios racistas que se escuchan en el vídeo sexual antes mencionado. En conversación con Heather Clem, esposa de su amigo cercano "Bubba the Love Sponge", Hogan dijo una serie de comentarios ofensivos contra las personas de color referentes a la vida personal de su hija. El audio salió a la luz en 2015, tres años después de que el vídeo fuese publicado, e inmediatamente la WWE terminó su relación con Hogan reiterando su compromiso "por celebrar y acoger a los individuos de todos los ámbitos". Acto seguido la WWE borró toda mención de su nombre en su web oficial y retiró la mercancía de sus tiendas en línea.

Los numerosos escándalos de su programa de televisión y las críticas de la prensa pusieron el último clavo en el ataúd del ideal de Hogan como el héroe del pueblo. Aunque todavía existen fans de hueso colorado y algunos rumores de su regreso a la lucha libre profesional —algo que requeriría un cínico trabajo de relaciones públicas y la rehabilitación de su reputación— su vida como héroe de historietas ha llegado a su fin. Cuando éramos niños, cuando éramos inocentes, el mito de Hulk Hogan era fabuloso e ilusorio, pero aún así lo creíamos. Ahora, nadie cree en la Hulkamanía, quizá con excepción de Hulk Hogan.

Palabras Finales:

"¿Qué vas a hacer cuando la Hulkamanía te destruya?"

– Una de las frases favoritas de Hulk Hogan cuando estaba en su apogeo, y una pregunta que sigue presente en su vida.

Texto: @W_F_Magee // Ilustración: @Dan_Draws