Sobre cómo Mark Webber convirtió el coraje australiano en oro

El australiano Mark Webber acaba de anunciar su retirada al final de la presente temporada, así que hemos decidido recordar sus grandes logros y su todavía mejor personalidad.

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24 octubre 2016, 8:41am

Images viaRed Bull Content Pool

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El piloto australiano Mark Webber ha sorprendido a propios y extraños tras anunciar intempestivamente que se retirará de la competición al finalizar la actual temporada. En realidad estaba escrito que tarde temprano lo haría, aunque yo había apostado a que lo haría el año que viene.

Hace solo unas semanas, en México DF, Webber se estuvo explayando sobre las buenas sensaciones que estaba experimentando. Yo aproveché para felicitarle por su entrada en el club de los 40. Le puteé amistosamente y luego hablamos de su reciente enlace con su pareja de siempre, Ann. "Simplemente pensamos: ¡hostia puta: ya va siendo hora!, me dijo con una sonrisa estampada en la cara. Ahora parece que aquella decisión ocultaba otra que no me contó: su intención de retirarse.

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Así que para mi lo más sorprendente es que haya decidido a anunciarlo justo ahora, después de ganar una brillante carrera del Campeonato Mundial de Resistencia (WEC) en el circuito de Austin con su Porsche.

Webber soltó la bomba al finalizar la carrera como si fuera un detalle sin importancia. Tras el sorprendente anuncio, a Webber solo le quedan tres carreras de alta competición. El australiano acumula un palmarés tan brillante como incomprendido: a las siete victorias que suma ya en el WEC hay que sumar sus nueve victorias en Grandes Premios de Fórmula 1.

Es posible que el triunfo en las 24 horas de Le Mans se le haya escapado, pero considerando las experiencias que vivió allí —especialmente después del accidente al que sobrevivió en 1999— no me cabe duda de que ha ahuyentado a sus demonios. En 2015, de hecho, se pudo resarcir con el segundo cajón del podio en la legendaria competición de resistencia.

En cuanto a su carrera como piloto de Fórmula 1, parece que hay dos corrientes de opinión. Según algunos, Webber fue uno de los pilotos más ferozmente combativos detrás del volante —al nivel de sus compañeros de generación, como Alonso o Hamilton. Claro que para otros, Webber fue una eterna promesa, un aspirante que nunca logró alcanzar el potencial al que apuntaba.

Yo soy de los que piensan que para comprender a Webber hay que acordarse de su primera victoria al volante de un Fórmula 1, en el GP de Nürburgring, en Alemania. Entonces, tras una lamentable salida en la que desperdició la ventaja que le concedía la primera pole de su carrera, demostró sus auténticas virtudes.

El equipo de Webber celebra el primer triunfo en la F1 del piloto australiano. Foto de Wolfgang Rattay, Reuters

Webber salió por delante del brasileño Rubens Barrichello, a quien embestiría a los pocos metros de salir. Aquella maniobra le costó la sanción de parar en boxes a la siguiente vuelta. Tras cumplir con la penalización, Webber condujo rumbo a la victoria gracias a una remontada apoteósica; sucedió lo mismo la temprana mañana en que logró que su modesto Minardi entrara en los puntos en el GP de Australia; y lo demostró, igualmente, obteniendo excelentes resultados al volante de bólidos de cuarta, como los Jaguar o los Williams que llegaron a liderar carreras cuando el australiano los conducía.

Yo creo que su velocidad era incuestionable, aunque la sensación es que corrió sus mejores carreras cuando mayores fueron las adversidades. Luchar contra los elementos fue algo que siempre se le dio extremadamente bien.

Sucede que la dignidad siempre ha sido una de sus prioridades. Y por mucho que uno tenga la sensación de que Mark siempre haya disfrutado puteando a sus compañeros de equipo, también es verdad que su elegancia y su proverbial fair play han destacado por encima de todo lo demás. Prueba de ello es el respeto que siempre le profesaron sus rivales y compañeros —no creo que Fernando Alonso hubiese permitido que ningún otro piloto le rebasara en la legendaria curva de izquierdas de Eau Roge, en el circuito belga de Spa-Francorchamps.

El regreso de Webber a las carreras de resistencia le permitió deshacerse del proverbial egocentrismo que rodea a los pilotos de F1, algo que le permitió trabar vínculos muy estrechos con sus respectivos compañeros en Porsche, Brendon Hartley y Timo Bernhard. Su excelente comunicación les llevó a proclamarse campeones de su categoría el año pasado.

Webber entra en el habitáculo de su Porsche 919 durante la pasada edición de las 24h de Le Mans. Foto de Regis Duvignau, Reuters

A pesar de los errores y de la catastrófica suerte que han corrido esta temporada, Webber ha defendido siempre con uñas y dientes a sus compañeros de equipo. Es muy probable que el australiano haya asumido que este año la victoria es casi inalcanzable. Claro que eso no es algo que le suponga problema alguno.

Una mirada puramente personal

Diría que fui uno de los primeros periodistas "extranjeros" que le entrevistaron la primera vez que llegó de Australia. Lo hizo para competir en el Festival de Fórmula Ford, en el circuito de Brands Hatch en 1995. Entonces compareció al volante de la escudería Van Diemen.

Aquel año hubo una competición desaforada entre los pilotos de Van Diemen y los de Swift, con el permiso de las escuderías Maron y Vector. Sucedió que los dos Swift colisionaron, lo que sirvió la victoria en bandeja a Kevin McGarrity, el compañero de equipo de Webber. El australiano terminó cuarto y se ganó un asiento permanente en el equipo para la temporada de 1996. Entonces su pilotaje causaría una inmejorable impresión en el jefe de escudería, Ralph Firman.

Aquel año Webber sería batido por su compañero de equipo Kristian Kolby. El año pasado tuve la ocasión de preguntarle a Kolby cuáles creía que eran los motivos que explicaban que Webber consiguiera dar el salto a la F1, mientras que él, Kolby, se quedó estancado en la Fórmula 3000. "Mark dejó de cometer errores. Yo no", respondió honestamente.

Webber espera en boxes con su Minardi en 2002. Imagen vía Reuters

Tanto Mark como yo nos graduamos como pilotos de Fórmula 3 en Gran Bretaña en 1997, donde Webber dejó algunas carreras para la posteridad al frente de la escudería de Alan Docking — entre ellas una memorable victoria en el circuito de Brands Hatch. De hecho, aquella carrera despertaría el interés de Mercedes... y el interés de Mercedes le arrancaría del agujero financiero en el que estaba sumido, y del que la leyenda del rugby David Campese le había rescatado en varias ocasiones de manera desesperada.

Yo me acuerdo de una noche en la que salimos los tres en el camping de Silverstone, después la celebración del Gran Premio de Inglaterra —y la verdad es que hay que reconocer que Campese era mucho mejor bebedor de lo que éramos Mark y yo, de eso no os queda duda—.

La siguiente ocasión en que nuestros caminos se cruzaron fue en Le Mans en 1999. Yo hablé con Mark después de su espeluznante accidente. Entonces parecía casi irreal que su equipo no le apoyara y cuestionara que el coche se hubiera salido del trazado por un error mecánico. Creían que había sido un error de pilotaje. Después de su segunda salida de pista, que se produjo durante la vuelta de reconocimiento del día de la carrera, recuerdo salir corriendo en busca de su padre. Solo deseaba que me dijera que Mark estaba bien.

Una grandísima persona

Después de aquello, Mark se enroló en la Fórmula 1 y se convirtió en una estrella global. Durante aquellos años solo nos cruzábamos una vez al año, ya fuera en algún Gran Premio o en la gala de los premios Autosport. La aventura de Webber en las carreras de resistencia —en las que, finamente, se retirará— me han permitido volver a pasar grandes momentos a su lado y a observarle de nuevo de cerca.

Y lo cierto es que podría suscribir las palabras de Dario Franchitti, que comentó que "no ha cambiado en nada desde el día en que le conocí". Durante todos estos años le he hecho infinidad de preguntas y nunca, jamás, ha dejado de responder ni una sola de ellas.

Un buen tipo sabe pasarlo en grande. Foto de Michael Fiala, Reuters

Lo que sí consiguió Webber el año pasado, algo que no le había sucedido nunca, fue proclamarse campeón —del mundo, nada menos— después de años de frustraciones y desencuentros que surcaron toda su carrera.

Quizás era su única asignatura pendiente, de manera que ahora que la ha aprobado ya puede dedicarse por completo a su carrera como comentarista y embajador de Porsche.

A Webber no se le recordará como un gran campeón, aunque si que debería recordársele como un brillante ganador.

Y todavía más, como una grandísima persona.

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