De Muhammad Ali a Conor McGregor, los macarras más provocadores del ring

Conor McGregor conquistó su segundo título de UFC despreciando a su rival. El rollito macarra no es nada nuevo sobre la lona. He aquí los antecesores más gamberros.

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28 noviembre 2016, 8:10am

Photo by Adam Hunger-USA TODAY Sports

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En el cuadrilátero, en la jaula o en la calle, no hay nada más rallante que tener que pelearse con un viejo fanfarrón escurridizo. El alardeo chulesco es la manera más directa y clamorosa de faltarle el respeto a un rival sobre la lona. A veces te cuesta caro. Otras, no tanto.

Claro que cuando funciona, la estrategia es abundante en dividendos. Pongamos por caso al carismático luchador gaélico, ya convertido en leyenda de las MMA, Conor McGregor. Hace unos días, el robustecido peso pluma se sujetó las manos por detrás de su espalda, y ofreció su barbilla a su rival en plan desafiante, casi a modo de ofrecimiento al peso ligero Eddie Álvarez, como para que este se la reventara. Claro que después de marcarse la fanfarronada, McGregor, lejos de seguir comportándose como un corderito degollado, salió a por Álvarez y le molió a palos en un despliegue machito que le llevaría directamente a la gloria del UFC. El irlandés se convirtió en el primer púgil en adjudicarse sendos cinturones de campeón en dos categorías distintas.

Y no es que lo hiciera con originalidad, precisamente. Tyson Fury, el peso pesado inglés hizo exactamente lo mismo cuando se adjudicó la victoria de su categoría por puntos tras derrotar al al hasta entonces legendario y dilatado campeón Wladimir Klitscko, en noviembre de 2015.

Después de ver por la tele la victoria de McGregor en el combate 205 de UFC, Fury tuvo una especie de achaque donaldtrumpiano y se abalanzó sobre Twitter para desahogarse. "Felicitaciones por hacer historia en el UFC", escribió el histriónico boxeador. "Si necesitas más consejos, simplemente pregunta. Ali es justo en el amor y en la guerra, ¿verdad?"

Claro que.... Esperad un segundo. ¿Acaso no se trata del mismo "consejo" que ofreció en su día el viejo Roy Jones Jr., quien también acudió a la burla llevándose las manos a la espalda en actitud ofensiva? ¡Puedes apostar tu dulce culo a que así fue!

Y pese a todo, a día de hoy, McGregor es quien se ha adjudicado el copyright de la sucia treta, un movimiento que no os quede duda que provocará que afluya una infame ristra de imitadores. ¿Y por qué no deberían de hacerlo? Al igual que sucede con las patadas rotatorias, los comentaristas flipan con esa mierda. Casi tanto como los promotores de las veladas, esos tipos con cara de tiburón y barrigones descomunales que fuman puros cubanos. Conocen a la perfección cuáles son la clase de chuminadas por las que suspiran los medios. Son movimientos que generan expectación, y que sirven para que se redoblen los precios de las entradas para la próxima pelea en el Madison Square Garden.

Y lo cierto es que la imitación de Roy Jones que se marcó McGregor — vía Tyson Fury — también coincide con otro especial aniversario en la historia de las vaciladas pugilísticas. Han pasado cincuenta años desde que Muhammad Ali se midiera a Cleveland Williams el 14 de noviembre de 1966, y deslumbrara al mundo del boxeo con su velocidad de pies y con su característica forma de arrastrarlos, la llamada "Ali shuffle". Entonces, como ahora, no hay nada tan irritante como tener que medirse en la lona contra algún impresentable flipado que arrastre los pies en plan Ali sobre el cuadrilátero. Nada.

Entonces, ¿cuál es la mejor manera de lidiar contra el despliegue gallito de presunta superioridad? Luchadores, tomad nota: el legendario entrenador de boxeo Chus d'Amato encontró la mejor manera de desafiar a los pies arrastrados de Ali — revolverse y lanzar una arremetida con todo contra el abdomen. Es sencillo, efectivo, y si hasta las rodillas más envejecidas son capaces de soportarlo, entonces, cualquier tipo de nariz aplastada será capaz de hacerlo.

Otra manera de erradicar el "Ali shuffle" es agacharse rollo karate, y aflojar un gyakuzuki contra el vientre del adversario, para acto seguido, emerger de golpe y soltar un gancho fulminante de izquierdas contra la mandíbula.

En cualquier caso, el arrastre de pies de Ali es tan solo uno de los insoportables sucios trucos que cualquier infumable fanfarrón se puede sacar de la chistera. Bajar las manos. Sacar barbilla. O sacar la lengua. O pecho. O incluso, marcarse un contoneo en plan baile. Existen innumerables maneras de rallar a tu adversario y sacar a colación sus debilidades. En función de cuál sea la resistencia psicológica del oponente, algunas tretas sucias funcionan para someter al más pintado. Basta con echar un vistazo a la legendaria pelea que enfrentó a Sugar Ray Leonard contra Roberto Durán 1980.

El rollo de agitar la barbilla, dejar caer los brazos y de arrastrar los pies de Leonard, terminó por desconcertar al púgil panameño — quien terminaría retirándose de la competición de los pesos wélter con su "no más" para la posteridad. La derrota, sin embargo, no impediría que Durán se terminara convirtiendo en un luchador legendario. El caribeño esgrimió su mandíbula impertérrita, se tragó la humillación pública y la tinta ácida de los gacetilleros de la prensa deportiva, para volver a por "más". Mucho más.

A veces las consecuencias de hacer el payaso pueden ser irreparables. Una de las derrotas más escalofriantes que se recuerdan fue la de Naseem Hamed, tras marcarse su habitual charanga a lo Fred Astaire en su enfrentamiento contra el campeón de los pesos pluma Steve Robinson, en 1995.

Hamed era el aspirante, el gallito de los ganchos demoledores, un hombre que se autoproclamó como el Príncipe. Estilo no le faltaba. Robinson sería el improbable campeón de aquella contienda. Por mucho que su currículum estuviera plagado de socavones, nadie esperaba que Robinson triunfara. Hamed tuvo el control del combate desde el principio. Se plantó de pie sobre el cuadrilátero, con las manos en los costados, y se rió de Robinson como un abusador de parvulario. Hamed ganó y Robinson perdió por TKO en el octavo de los 12 asaltos. A la gente no le gustó, aunque, paradójicamente, parecían admirarle.

Algunos boxeadores se han puesto farrucos incluso cuando perdían. Es el caso de Herbie Hide, campeón de los pesos pesados. En 2001, el boxeador africano Joseph Chingangu le batió en dos asaltos. El de Zambia era más viejo y tenía menos experiencia, sin embargo le soltó semejante sarta de tortas en el primer, que lo dejó piripi. Claro que en lugar de entrar al cuadrilátero de manera más comedida en el segundo asalto, el campeón, que adolecía de una barbilla de cristal, decidió pavonearse frente al aspirante africano. Y alzó su brazo derecho al aire. Fue un error mayúsculo. Entonces el zambiano conectó un gancho de derechas que tumbó al boxeador británico contra la lona.

Claro que no todos los púgiles tienen la ocasión de vengarse. Hide, sin embargo, pudo reparar su orgullo en 2003, cuando se enfrentó de nuevo a Chingangu y le batió.

En el cuadrilátero, en la calle o en la jaula, no hace falta ser el Dalai Lama para saber que la vida es un círculo y que todo lo que va vuelve. El indiscutible rey de los provocadores, Roy Jones Jr., se comió con patatas tantos años de haber sido un rompehuevos el día en que se enfrentó a Joe Calzaghe, hacia el final de su ilustre carrera.

El súper peso medio galés, se marcó un baile de salsa en pleno asalto con Jones Jr. La verdad es que costaría creer que el galés hubiese conseguido salir victorioso de semejante contoneo a principios de los 90. Seguro que Calzaghe tampoco lo hubiese hecho entonces.

Sucede que el pavoneo pueda seducir a los comentaristas más chapuceros y a las estrellas más tétricas que acuden a presenciar el combate, pero lo cierto es que lo mejor que puede hacer un púgil es protegerse todo el tiempo con sus manos y con la barbilla metida bien hacia abajo. Es lo primero que te enseñan. Lo triste es que, a menudo, es lo primero que olvidamos en el cuadrilátero, en la jaula o en la calle.