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Un luchador cuenta cómo es la WWE por dentro y desata un escándalo

¿Qué pasa cuando le quitas la máscara a un negocio multimillonario y expones sus defectos ante todo el mundo? El luchador Ryback lo intentó con el "wrestling"... y las consecuencias han sido funestas.

Ian Williams

Image via Flickr User Ed Webster/Wikimedia Commons

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La lucha libre profesional es un negocio turbio. Incluso para los obsesivos, es difícil distinguir cómo funciona desde el exterior. Hay códigos de conducta y jerga que se remontan a hace un siglo; las bromas, a veces rozando lo sádico, han existido desde casi el principio.

Las drogas rodeaban el ring y todavía sigue siendo así en algunos lugares; los excitantes para rendir mejor y los tranquilizantes para poder dormir han sido lo normal durante décadas. El wrestling es opaco, pertenece a unos pocos, es reservado y está obsesionado consigo mismo. Imagínate el punto medio exacto entre una feria y un ejército... y entenderás a lo que me refiero.

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La percepción de que la lucha libre es un mundo misterioso se reafirma porque los luchadores profesionales no hablan mucho acerca de cómo funciona realmente el negocio. Incluso después de la muerte del kayfabe —la ilusión de que los combates y las rivalidades del wrestling son reales, una mentira que los miembros de la disciplina sostuvieron hasta hace relativamente poco tiempo—, los luchadores aún cierran filas con respecto a la realidad de la lucha libre a través de una combinación de guardar silencio y contar medias verdades.

A la WWE no le gusta la gente que habla con los medios sobre el lado más sórdido de su empresa, incluyendo todo lo que concierne a la remuneración y las horas de trabajo de los luchadores. El circo itinerante intenta mantener la ilusión a toda costa; se intenta obviar que las estrellas no son más, en realidad, que empleados de una empresa.

No sabemos con precisión cómo operan Vince McMahon y los demás empresarios del wrestling porque sencillamente los luchadores no hablan casi nunca de ello. Cuando se tiene un monopolio en Norteamérica —y la WWE a la práctica es un monopolio—, no importa lo buenas que sean las estrellas locales: como no tienen una competencia a la que marcharse, se las puede espiar o meterlas en listas negras.

La WWE, de hecho, lo hace.

Ryback haciendo como que le va a romper la crisma a su adversario. Probablemente solo le hizo cosquillas en el cuello. Foto de Miguel Discart, Flickr

Uno de los pocos empleados descontentos es CM Punk, que en su día fue recusado por la WWE. Punk tuvo la osadía de criticar públicamente los servicios médicos de la WWE; el luchador de Chicago explica que su doctor se comportó de manera incompetente y que la empresa promotora tampoco le tuvo en demasiada consideración cuando estaba enfermo.

La insatisfacción de CM Punk con la actitud de la WWE hacia sus trabajadores es, en realidad, mucho más común de lo que cabría esperar: Punk se queja de los salarios de los empleados a tiempo parcial y sobre la preponderancia de los intereses de la empresa sobre las buenas condiciones de sus trabajadores. Nada que no hayamos visto en otros sectores, en realidad.

Las quejas de Punk, que seguramente haya sido la persona más abiertamente crítica con la WWE en los últimos tiempos, vienen principalmente del puro agotamiento con los métodos de la compañía. Hace poco, sin embargo, a Punk se le unió un compañero de trabajo: Ryan Reeves, apodado Ryback, atacó duramente las prácticas de la WWE en lo referente a los pagos a sus empleados.

CM Punk mirando el suelo con un gran interés durante un evento de la WWE. Foto de Ed Webster, Flickr

Vale la pena leer el texto entero: Ryback escribe con una claridad diáfana. "Obviamente, las cosas siempre han sido así, pero... ¿significa esto que esté bien?", se pregunta el luchador.

Ryback detalla algo que durante mucho tiempo se ha sospechado pero que no deja de ser una bomba: no se paga un precio fijo a los luchadores por su trabajo. Esto significa que los perdedores ganan menos que los ganadores a pesar de haberse esforzado igual. A ello hay que sumar otra injusticia: a los ganadores los elige un pequeño grupo de personas... conocidas todas por su mezquindad y arbitrariedad.

Lo que describe Ryback, de algún modo, es como si se pagara menos a un actor de Juego de Tronos porque su personaje debe morir en un capítulo. ¿Es que acaso eso requiere menos capacidad teatral? En la WWE, de hecho, es todo lo contrario: en general, el perdedor de un combate de lucha libre termina trabajando aún más para asegurarse de que el ganador parezca mejor de lo que es.

Aunque la habilidad de Ryback en el ring varía según las necesidades del espectáculo, el estadounidense tiende a ser visto como un luchador corriente: normalmente no sube al rango de ganador. Sin embargo, sin los currantes no hay ganadores, y sin ganadores no hay superestrellas.

Para complicar las cosas, Ryback hace hincapié en que en la WWE es un mundo desigual: la brecha salarial es significativa entre una superestrella y un luchador normal... pero además existen normas tales como que las ganancias por merchandising no se reparten equitativamente, sino que lucran solo a los ganadores. El círculo vicioso que ello genera condena a los perdedores a un rol muy menor.

Cabe mencionar, no obstante, que Ryback es algo ambiguo en algunos puntos de su comunicado: al fin y al cabo, es un luchador, no un escritor. De cualquier forma, parece claro que el estadounidense se siente frustrado por la que es, sin duda, una estructura salarial extraña y bastante arbitraria.

Ryback viendo con alegría cómo le traen un palé de pizzas a medio combate de la WWE. Foto de Krystal Bogner, Flickr

Está claro que el post de Ryback llega al mismo tiempo en que la WWE ha decidido retirarle de la televisión y no renovar su contrato. Él mismo tampoco parece querer renovar, o al menos no en estas condiciones.

La WWE acepta que sus luchadores sean independientes, pero nunca les dejará entrar en el proceso de decisión de la empresa: en esencia, los empleados de la promotora viven en el peor de los mundos posibles, porque no pueden aferrarse a nada para mejorar sus condiciones... y no hay competencia a la que marcharse si las cosas no funcionan.

Que la WWE anule el contrato de Ryback en lugar de dejarle trabajar hasta el final del mismo no solo le deja sin cobrar, sino que además provoca una caída de su valor como profesional del espectáculo. Es una forma éticamente muy reprobable de acabar con la carrera de alguien: es normal que Ryback esté furioso.

Curiosamente, hay una llamativa nota al pie en todo este caso. CM Punk aprovechó una entrevista en el programa de su amigo Colt Cabana para asegurar que Ryback era un trabajador poco profesional: afirmó que en un combate le había roto una costilla de una patada e incluso afirmó que su compatriota tomaba esteroides. La WWE silenció esto rápidamente, pero el enfado entre ambos sigue desde entonces.

Colt Cabana, uno de los instigadores del choque entre CM Punk y Ryback, con un martillo en la mano porque... bueno, porque algo hay que hacer. Imagen vía WikiMedia Commons

La ironía es que estos dos hombres, que deberían estar unidos solidariamente porque trabajan para un jefe terrible, están enfadados entre ellos. Esta es también, por desgracia, la larga y tenaz historia de la lucha libre y el trabajo. Todo se concentra en el eterno divide y vencerás, de modo que todo se convierte en un juego en el que los poderosos ganan mucho dinero... y los que se atreven a cuestionar el status quo acaban en el agujero negro del olvido.

La esperanza de cambio solo se hará realidad si los luchadores hablan más y luchan menos entre ellos. Por eso entendemos a Ryback: porque cuanto más sabemos sobre la realidad de la WWE, más ridículo nos parece su lugar de trabajo y más fácil de entender es su ira... y más fácil es que nos enojemos nosotros mismos con la todopoderosa promotora estadounidense.

Al autor le encanta poner gifs en su Twitter, así que siempre vale la pena seguirle: @Brock_toon