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Photo by Chad Cooper/CC BY 2.0

Una chica en el vestuario de los chicos

Katelyn Burns

Para un joven transexual practicar deporte es una buena manera de desconectar, pero entrar al vestuario es una auténtica tortura y un elemento tóxico que confirma la discriminación en nuestra sociedad.

Photo by Chad Cooper/CC BY 2.0

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Hace poco alguien me preguntó si había estudiado teatro en la escuela, a lo que respondí: "Por supuesto, entonces actuaba las 24 horas del día los siete días de la semana". Lo que hice en realidad fue practicar deportes: fútbol, baloncesto y atletismo. Vengo de una familia de atletas, así que no era nada tan raro.

Durante nuestros años de crecimiento, las personas transgénero aprendemos a cómo interpretar los roles que la sociedad espera de nosotros.

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Cuando observo cómo los jóvenes transgénero tienen que quedarse en los vestuarios que les corresponden según su género sexual de nacimiento, se me parte el corazón. Yo apenas sobreviví a los vestuarios masculinos. Y eso que, por aquel entonces, todavía ocultaba mi verdadera identidad. Amenazar a los niños transexuales con utilizar el vestuario equivocado es una manera cruel de sembrar el dolor e intoxicar la percepción de tu género sexual durante el resto de tu vida.

Foto de Daniel Oines / CC BY 2.0

Yo me pasé la adolescencia luchando contra la disforia de género, que es el término clínico empleado para describir el sentimiento que experimentan muchos transgénero; esto es: tener un cuerpo incongruente, un organismo que no se corresponde con el sentido íntimo de tu género sexual. Sin embargo, yo nunca tuve problemas para salir al campo y practicar deportes. De hecho, para mí había algo liberador en el hecho de jugar allí afuera, donde lo único que importaba era ganar.

Entonces la única etiqueta que me colgaban era la de "deportista". Tan solo estábamos yo, la pelota y mis adversarios — allí la disforia, los pensamientos suicidas o los deseos secretos de convertirme al género prohibido estaban desterrados. Era yo y punto, no una chica encerrada secretamente en el cuerpo de un chico.

Claro que una vez sonaba el pitido final o se terminaba la carrera, entonces se abrían de par en par las puertas del infierno: las puertas del vestuario de chicos.

Foto flattop341, Flickr

Los deportes de equipo no solo consisten en jugar bien. Existe una auténtica estructura social. Y tal es una construcción que, especialmente en el caso de los chicos, descansa apuntalada sobre capas de masculinidad. Existe un desafío constante para demostrar quién es el "macho alfa".

Luego estaban los músculos. ¿Por qué será que todo parecía orquestarse alrededor del músculo en los vestuarios masculinos? Yo lo observaba muy a menudo en el instituto de Massachusetts donde estudiaba: allí los chicos desfilaban por el campus sin camiseta, exhibiendo su fuerza y pavoneándose.

Un día, mientras me incorporaba para salir a la pista, mi amigo Jim salió de algún rincón del vestuario semidesnudo y flexionando sus pectorales. Jim movía sus músculos, hacia que se deslizaran de arriba abajo sincronizados. Izquierda, derecha, derecha, izquierda, repetía. No cabía duda de que lo estaba haciendo de cara a la galería, era una demostración en toda regla de su masculinidad. Jim era el que estaba más en forma de todo el equipo, algo que se esmeraba en recordarnos todo el tiempo.

De haber sido yo una chica cisgénero es posible que el cuerpo y la confianza de Jim me hubiesen resultado atractivos. Sin embargo, estaba tan asustada que ni siquiera podía observarle, y mucho menos enfrentarme a que alguien me acusara de ser gay —el toque de gracia para mi masculinidad.

Foto de Yamon Figurs vía Unsplash

Y sin embargo, por mucho que ser gay no estuviese aceptado, la tensión homoerótica de aquel vestuario se podía cortar con tijeras. Siempre me pregunté hasta qué punto era yo la única que lo advertía, como si hubiera algo dentro de mí que no anduviera bien, algo relacionado con la forma en que percibía aquel vestuario. Y pese a todo, hoy no me cabe la menor duda de que aquella tensión era la que alimentaba inequívocamente todas las provocaciones y los enfrentamientos entre los chicos en el vestuario. Para mí, aquella era la parte más incómoda de estar allí adentro.

Recuerdo una vez en que me estaba preparando para un partido preuniversitario. Uno de los capitanes del equipo, Joe, estaba en calzoncillos. Yo le observaba mientras me ataba las botas. Entonces Joe llamó a otro compañero. "¡Hey Brian, ven para acá que tengo algo para ti!, gritó. Entonces Joe se separó las piernas ligeramente y le mostró su paquete. Brian se sentó, me miró, me guiñó el ojo y deslizó su cabeza hacia abajo, e hizo ademán de chupársela.

En aquel momento había otros dos chicos en el vestuario. Nadie decía nada, todos contemplaban la escena. Y de repente, Brian retrocedió y levantó la cabeza. Tenía una sonrisa enorme estampada en el rostro. Empezó a señalar a cada uno de los que nos habíamos quedado mirando. Se estaba partiendo de risa. "¡Os he pillado, os he pillado! ¿De verdad os pensabais que lo iba a hacer, verdad? ¡Os he pillado a todos!". A mí me dejó para el final. "¿A ti te ha gustado más que a nadie, verdad, K? ¿Quieres que nos intercambiemos? Apuesto a que Joe no te detendrá si lo haces".

Foto de natintosh, Flickr / CC BY-ND 2.0

Sentí como una oleada de vergüenza me trepaba por el pecho hasta sonrojarme. Quería salir corriendo de allí. Claro que eso hubiese desatado las sospechas, así que le contesté con una frase tipo: "¡Crece ya!" —toda una ironía habida cuenta de que yo tenía 15 años y todos ellos tenían 18—. De alguna manera conseguí simular tranquilidad mientras abandonaba el vestuario como si tal cosa. ¿Habría advertido alguien mi reacción?

Aquel recuerdo y el de Jim se me quedarían grabados como evidentes ejemplos de la cultura de vestuario masculina; una cultura que, sencillamente, yo no comprendía y para la que apenas estaba preparada. No tenía el menor deseo de seguir creciendo y convertirme en uno de aquellos chicos. Y sin embargo, estaba demasiado aterrorizada como para revelar la verdad.

Así que me dediqué a interpretar desesperadamente el papel que se esperaba de un "chico" como yo. Intenté simular que pertenecía al grupo. Intenté encajar lo mejor que pude, pero sabía quien era en lo más profundo de mí. Yo era una chica, solo que pasaba mucho rato en el vestuario de chicos. Aprendí desde muy temprano cómo se hablaba de las chicas en los vestuarios del instituto. Las chicas eran poco más que posesiones a las que escrutar, objetos del deseo que había que consumir —no eran personas con nada parecido a sentimientos o emociones.

Las clases del lunes eran lo peor. Entonces, muchos chicos aprovechaban para alardear de sus escapadas sexuales durante el fin de semana. Todo lo relacionado con las chicas más deseadas —la manera en que les caían las faldas sobre las caderas, cuánto revelaban sus escotes y su actitud coqueta— era relatado. Existía una silenciosa jerarquía del respeto levantada sobre quién había hecho qué y con qué chica durante el fin de semana anterior.

Llevarse a la chica que estaba más buena en una fiesta determinaba quién "pertenecía" al grupo, quiénes eran los "hombres de verdad" en el grupo. Todo era parte del juego.

Foto de Abigail Keenan vía Unsplash

Yo tuve una novia estable durante la mayor parte del instituto. Nunca fuimos más allá de los arrumacos, pero eso era algo que no podía contar en el vestuario. Se esperaba de ti que follaras y que no fueras "menos que un hombre", de manera que jamás pude decirles que yo no era un hombre en absoluto. La feminidad era algo que se admiraba desde la distancia; pero en la proximidad, cuando estabas rodeado de chicos, era algo que tenías que evitar a toda costa.

Ser femenino equivalía a ser un blando. Y en el deporte equivalía a chupar banquillo. Los entrenadores advertían el juego agresivo y lo premiaban. Se esperaba que jugaras duro, y que tuvieras un cuerpo duro —incluso que "pusieras cara de partido", lo que significaba que tenías que endurecer tus rasgos y comportarte como si fueras frío como un témpano.

Una vez en el terreno de juego, el alfa macho siempre era premiado por serlo. Jugaba más que nadie, era admirado y a menudo era quien soportaba la responsabilidad de la capitanía. La carrera por convertirse en el número uno era un juego constante y lo impregnaba todo como el olor a ajo.

Hasta cierto punto, la masculinidad es para todos, una interpretación. Claro que para mí era algo esencial. Que alguien detectara en ti el menor atisbo de feminidad equivalía a convertirte en un paria, de manera que me tuve que convertir en actriz para sobrevivir. Y comoquiera que nunca fui un chico, y todavía menos un hombre, mi trabajo de interpretación era todavía más complicado.

Algunas veces me equivocaba. Antes de sentar mi relación con mi dulce novia del instituto salí con una chica de un pueblo vecino que una vez se llevó mi pene a su boca. Yo sabía que aquella era la clase de aventura con la que me ganaría el respeto del vestuario. Sin embargo, la mera idea de airear mis secretos más íntimos a cambio de arruinar la reputación de una chica, solo para afianzar mi masculinidad, me parecía detestable. Sabía cuál era la clase de interpretación que se esperaba de mí, pero también sabía cuán horrible era aquel sistema. Era, en parte, por mi sentido moral, pero sobretodo porque sabía que yo podría haber sido aquella chica de la que hablaban todos los chicos en el vestuario.

Foto de Abigail Keenan vía Unsplash

Pasaron semanas antes de que me atreviera a contar aquel episodio a los chicos del vestuario. Me resistía. Hasta que, finalmente, lo hice. Lo conté con todo lujo de detalles. Con muchos más de los necesarios. Así que mi conquista fue recibida alternativamente con frases que decían "No me lo creo, eso no pudo haber sucedido" y frases que decían "Te has pasado". Me quedé desconcertada. ¿Cómo era posible que no me felicitaran como al resto de los chicos que habían relatado sus conquistas sexuales? Sucede que los chicos cuentan sus aventuras de manera superficial. Así que allí donde ellos decían: "Ella hizo esto, luego hicimos lo otro", yo hablaba de cómo lo había sentido y de cómo ella me había contado que lo sentía. Y llegados a este punto supongo que me excedería: fui demasiado lejos en mi interpretación y fui castigada por ello.

Lo que pasa es que todo el mundo interpreta un rol genérico de algún tipo y que todos están formados por convenciones sociales que vamos aprendiendo con el tiempo. Y el vestuario es un lugar fundamental en ese aprendizaje, un lugar donde los del sexo opuesto nunca están presentes. Para muchos chicos el vestuario es el lugar en que aprenden a ser hombres.

Luego pasarían los años y yo seguiría siendo percibido como un hombre. Entonces pude observar hasta qué punto el comportamiento aprendido en el vestuario se reproducía tan pronto como las chicas desaparecían del radio de acción de los chicos.

Siempre hay una mirada o un repentino cambio de actitud que delatan que la conversación está a punto de cobrar el mismo giro misógino. Y eso es algo en lo que nunca participé naturalmente, por mucho que me hubiera pasado la mitad de mi vida intentando descifrar todos los matices de la masculinidad y de la hombría.

Yo veía cómo a otros tipos les costaba igual que a mí sumarse a ese discurso —al discurso de los viejos hábitos afluyendo de nuevo a la superficie, la cortina que vuelve a descorrerse para dar lugar a una nueva interpretación. La cultura del vestuario y la necesidad de seguir siendo el "alfa macho" seguían instalados de manera tan profunda como antaño en la noción de lo que era "ser un hombre".

No me arrepiento de haberme convertido en deportista. Gracias al deporte conseguí entrar en la universidad y aprender la ética del trabajo. Los deportes me han concedido muchas horas de desahogo, me han ayudado a combatir la apabullante disforia de género que he padecido durante toda mi vida.

Sin embargo, no todo es saludable en el mundo del deporte. Y para mí el vestuario fue venenoso. Por mucho que pasaran los años, nunca se me hizo más fácil. Y casi nada ha cambiado ahora que soy mayor —me refiero a la decepción. Así que, finalmente, decidí abandonar las competiciones deportivas después de mi primer año en la universidad.

Ahora ya lejos de la ansiedad que me generaba en el día a día ser descubierta en el vestuario, todavía sigo padeciendo las secuelas de todo lo que aprendí allí, de las enfermizas percepciones masculinas y de cómo la feminidad es sistemáticamente juzgada por los hombres. Tengo pesadillas sobre hasta qué punto soy lo suficientemente femenina para la gente que me rodea. Todavía percibo las pequeñas interacciones sociales, los pequeños gestos que afectan a la mujer infinitamente más de lo que afectan a los hombres.

Para mí todo se remonta a la ley del vestuario. A las normas de Joe y Brian, jugando pero nunca llegando a tocar a ningún otro chico. Ahora salgo a la calle siendo yo misma y a veces noto la mano de alguien sobre mi hombro o por encima de mi cintura (o a veces incluso más abajo), y me quedo conmocionada, especialmente cuando la mano es la de un hombre. ¿Cómo es posible que ahora se sientan tan legitimados para tocarme cuando por aquel entonces hacerlo había sido tamaña fuente de vergüenza y de escarnio?

Tengo la sensación de que no solo los transgénero lo sentimos así. La cultura del vestuario y la necesidad del hombre de que no se le perciba de manera femenina está desplegada por todas partes, y explica, entre otras muchas cosas, que haya tantos productos específicamente etiquetados como "para hombres".

Pero el caso es que las malas costumbres nunca mueren y que todavía hay muchos hombres a los que les aterroriza quedarse fuera del grupo, hombres que creen que no encajarán si no participan. De alguna manera, se trata de tipos que nunca han conseguido dejar atrás la dictadura del vestuario.

Sigue a la autora en Twitter: @closettransgirl