François Cevert, el príncipe que fue y el rey que podría haber sido

El piloto francés François Cevert estuvo a un paso de alcanzar la cima de la Fórmula 1, pero el destino se cruzó en su camino de forma inmisericorde. Esta es su historia.

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jul. 31 2015, 11:50am

Imagen vía WikiMedia Commons

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¿Conocéis esa sensación de estar discutiendo con un amigo o amiga al que queréis mucho y no poder decirle que se está equivocando, porque no queréis ver en su cara la tristeza de ver que no estáis de acuerdo con él o ella?

¿Os habéis dado cuenta también de lo bonito que es cuando al decirle que 'está bien', que 'puede hacerlo', o que 'tiene razón', él o ella relaja todos los pequeños músculos del rostro y sonríe en un segundo, recordando por qué sois tan amigos?

Si la respuesta es "sí", entonces podréis entender por qué el sabio y experto piloto de Fórmula 1 Jackie Stewart no pudo negarle al joven e impetuoso François Cevert que intentara tomar la peligrosa primera curva del circuito de Watkins Glen en cuarta en vez de en quinta (como todo el mundo hacía) en esos breves e íntimos minutos antes de la sesión de calificación del último Gran Premio del año 1973.

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"Si llegas a la curva en quinta, el coche es más fácil de controlar en caso de que tuvieras problemas", dijo Stewart.

"Sí, tienes razón. Pero si entro en cuarta el coche será más reactivo y tendré el motor a tope para poder meterme en la recta a más velocidad", respondió Cevert.

"Como quieras, François, pero ten cuidado", dijo Stewart con tono preocupado.

"No te preocupes, antes de empezar un adelantamiento siempre pienso que si estoy muerto nunca podré ser un héroe", respondió el galo, sonriendo.

Seguro de sí mismo y de su táctica para lograr la 'pole position' en las vueltas de prueba, el joven piloto francés se puso el traje para empezar la carrera. Con el 'savoir faire' propio de un guerrero se acercó a su coche, no sin antes saludar a la guapísima esposa de su mejor amigo y compañero de escudería Stewart. Le guiñó el ojo, como diciéndole "no te preocupes, voy a ganar".

Una vez sentado en el coche y con el casco puesto, el fragor de la pista empezó a aumentar. El público presente empezó a gritar para contrarrestar el creciente ruido de los motores que se calentaban unos segundos antes de salir a toda velocidad, como si de toros listos para correr hacia la libertad se tratara. El cielo se aclaró, como si la divinidad no quisiera perderse la carrera.

"¿Estás listo?", le preguntó el mecánico jefe. "Hoy es el 6 de octubre, el número del chasis es el 006, el del motor es 006, y yo tengo el número 6", respondió Cevert mientras entraba en el coche: "¡Hoy tiene que ser mi día!"

Existen personas excepcionales que lo tienen todo y que desprenden un magnetismo excepcional. Son personas que conquistan enseguida a todos los que le están a su alrededor y que rellenan el espacio en el cual están. François era uno de ellos.

Helen Stewart

Albert François Goldenberg Cevert nació en París el 25 de febrero del 1944. Su padre era judío y su madre francesa; de ella cogió el apellido para ocultar el origen de su progenitor en la Francia ocupada por los nazis.

"Alguna gente le consideraba un 'playboy', le gustaba vestir con estilo, y una vez llegó a mostrar una presencia espectacular cuando se presentó con un abrigo de piel hasta las rodillas y un collar de peces", dice Stewart de Cevert en su autobiografía Ganar no es suficiente.

Según quienes le conocieron, Cevert lo hacía todo con una elegancia innata, natural, que provocaba la envidia de todos los demás. Al volante del coche, las cosas parecían salirle con demasiada facilidad, como si hubiera nacido para conducir —al contrario de lo que quería su padre para él—, pero eso no le convertía en absoluto en alguien apático, creído o con algún otro mal vicio típico de aquellos que tienen éxito; no, él lo hacia con la gracia, la inocencia y la humildad de un niño a quien no se puede odiar.

François tenía que ser un gran pianista: esto era lo que su familia se esperaba de él. Estudió doce años de piano con gusto y pasión. Sin embargo, llegó un día en el que su padre, harto de ver volver a su hijo a casa con las manos y la ropa sucia del fango que inevitablemente se le pegaba encima después de sus furtivas carreras en moto, decidió parar de ayudarlo y le echó de casa.

François, que entonces rondaba la veintena, tuvo que ganarse la vida haciendo trabajillos aquí y allá. Su pasión por la velocidad, no obstante, siguió creciendo gracias al marido de su hermana, Jean-Pierre Beltoise, un piloto de F1 que con el tiempo se convertiría en algo similar a su ángel protector.

Beltoise convenció a Cevert para que participase en la carrera de coches para ganar la 'beca Shell' en el circuito de Magny-Cours. Aunque viniera de las motos, a François no le costó demasiado ganar: no solo batió a la joven promesa del automovilismo francés Patrick Depailler, sino que además se ganó la posibilidad de participar en la F3. Aquí empezó su carrera.

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Anne Van Malderen —"Nanou", para François—, era una parisina alta y guapísima, rubia, elegante y de buena familia; una de esas chicas que podrían andar descalzas sobre el mundo, mariposas que se mueven ligeras entre las celebridades de la época sin nunca ser de nadie.

Justo en el pico de su belleza, Nanou comenzó a ver fracturas en el cuadro de su vida. Su felicidad empezó a caer: su sonrisa se hizo cada vez menos brillante, sus ojos se veían más cansados, las dudas sobre su matrimonio se hicieron más y más profundas.

Como una planta bonita necesita agua para mantenerse deslumbrante, Nanou necesitaba amor y certidumbres sobre lo que iba a ser su vida: tanto, que se convenció de ir a visitar una adivinadora. "Tu matrimonio no durará", le dijo, mirándola fija y largamente. "Conocerás a un hombre que dejará una huella imborrable en tu vida, conocerás la felicidad. Puedo ver sus ojos azules. Puedo ver el mar; lo conocerás cerca del mar".

Así fue: corría 1966, y tras ganar su primera competición con Shell, François Cevert conoció a su verdadero y único amor en las playas de la Francia del Sur entre un Martini, una canción de Charles Trenet y un baño en el mar.

¿Quien podría ser más feliz de ellos?

Disfruto con todos los momentos de mi vida, es casi increíble. Hay muy pocas cosas de las que debo hacer que no me gusten. De momento, soy el hombre más feliz del mundo.

François Cevert

En ese momento, nadie podía parar a Cevert. El francés lo tenía todo: una prometedora carrera a punto de empezar y una pareja que daba envidia a todo el mundo. Con la beca ganada de Shell, Cevert obtuvo el permiso de participar en el Campeonato Francés de Fórmula 3 en el equipo Alpine-Renault. Un año después, en 1969, Cevert pasó a la Fórmula 2: empezó su aventura noveno y acabó el campeonato en tercera posición —un resultado correcto, pero tampoco espectacular.

Sus resultados, y especialmente su conducción, empezaron llamar la atención de los observadores. Entre los más interesados estaba Jackie Stewart, del equipo Tyrrell Racing de Fórmula 1. No era un cualquiera: se trataba del piloto campeón del mundo del año anterior con los Matra del "Tío Ken", dueño de Tyrrell. Stewart empezó viendo el joven Cevert como una amenaza mientras estaba en la F1: su estilo libre, innovador, rápido y descarado era algo que no solía gustar a los expertos como él. La imprevisibilidad del genio siempre molesta.

De nuevo, sin embargo, la suerte ayudó a François. El compañero de equipo de Stewart, Johnny Servoz-Gavin, se retiró justo ese año poco antes del ecuador de la temporada, así que la decisión fue inmediata: François pasó de la escudería Tecno en la F2 a la Tyrrell en la F1. Fue precisamente Stewart quien lo decidió: mejor tener a un genio como amigo que como enemigo.

Mientras la carrera de Francois avanzaba, Nanou tuvo la necesidad de volver a visitar la vidente. En su impulso había un poco de curiosidad y un poco de miedo, pero también la conciencia de que la última vez tuvo razón, y entonces... ¿por qué no volver e intentar saber lo que iba a pasar?

La vidente, como siempre, se paró un segundo y miró hacia Nanou muy intensamente: luego dio vida a una grandísima sonrisa, sus ojos casi se mojaron, y luego abrió la boca, que a pesar de las muchas arrugas de repente se pareció a la de una niña por tanta felicidad.

"¡Lo has conocido!", exclamó la adivinadora. "Sí, lo he conocido, y es fantástico", respondió la joven. "Serás muy feliz, Anne", le dijo la vidente. "Pero se te escapará. Su éxito se interpondrá entre vosotros...", añadió haciendo un esfuerzo, casi como si no quisiera darle preocupaciones.

"Además, es muy raro todo esto. Su imagen se me aparece mezclada con una extraña máquina; tiene ruedas pero no tiene cuerpo; ¿qué puede ser?", se extrañó la mujer. "Es un coche de F1, él es piloto", contestó Nanou. Tras unos minutos de silencio la vidente volvió a leer las cartas y tuvo como un susto, se alejó un poco de la mesa. Hizo una pausa, casi como para buscar las mejores y más suaves palabras para decir algo que de suave no tenía y nunca tendrá nada: "He de decirte una cosa; este chico no llegará a los 30".

Le expliqué todo lo que sabía. La relación funcionó porque él tenía poca experiencia y muchas ganas. Muchos pilotos se contentan con servirse del talento natural que Dios les ha dado; pocas veces tienen que esforzarse más allá de lo que les han dado. Pero, para los realmente buenos, eso es solo una base.

Jackie Stewart

Stewart y Cevert dieron vida a unas de esas parejas excitantes que ocasionalmente encienden la F1, tanto, que se convirtieron también en grandes amigos, casi como dos hermanos que se ayudaron hasta el final.

Es importante aclarar un punto antes de seguir con la historia: en aquel entonces —hablamos de los años setenta—, la F1 era un campo de batallas para caballeros. Los pilotos no eran solamente hombres: eran artistas renacentistas, eran luchadores, eran soldados en la acepción más romántica del término.

Jackie era quien podía y tenía que ganar; François era su brazo derecho y le encantaba serlo, quería aprender, mejorar, y no molestar al maestro, en una mezcla de respeto y admiración que solo dos verdaderos amigos pueden mantener.

En esos años, alrededor de la F1 había chicas guapas, dinero, riqueza, notoriedad y todo lo que comporta ser una estrella del espectáculo. Los pilotos desfilaban por las portadas de la prensa rosa y aparecían en las primeras páginas de los periódicos deportivos; eran ídolos que unían la dificultad y profesionalidad del deporte con la belleza y la envidia del saber disfrutar de la vida. Los niños no querían ser futbolistas o actores, querían ser pilotos de F1 —y ellos lo eran: Stewart el n°1 y Cevert el n°2. Verlos competir los fines de semana era una espectáculo imprescindible.

Los dos ases empezaron la segunda parte de la temporada de 1971 conduciendo un automóvil Tyrrell 002 diseñado por Dereck Gardner —para muchos, una de las mejores creaciones de la F1. Ya en el gran premio de Zeltweg, François empezó a dar pruebas de sus capacidades, aunque ningún coche Tyrrell lograse terminar la carrera. En Monza, en una carrera que terminaría venciendo el británico Peter Gethin, François consiguió una buena tercera posición; en el Motorsport Park de Canadá acabó sexto.

Fue en Watkins Glen, en una carrera que marcará indeleblemente su vida profesional, donde finalmente Cevert logró su primer Gran Premio. El galo dejó atrás el BRM de Jo Siffert y el March de Ronnie Peterson —principal rival de Stewart— y logró una ventaja de 40 segundos. Con Cevert celebró toda Francia: François fue el segundo galo capaz de vencer un Gran Premio en la historia de la Fórmula 1. Solo Maurice Trintignant, con sus victorias en Mónaco en 1955 y 1958, lo había logrado antes. Cevert estaba en el techo del mundo.

En la temporada de 1972, la gran amenaza para la pareja de Tyrrell fue el brasileño Emerson Fittipaldi, con su Lotus 72. Tras la retirada de Stewart en la primera carrera del campeonato, en Argentina, Fittipaldi logró la 'pole position'; en las sucesivas carreras, el piloto de Sao Paulo alcanzó el podio seis veces y sumó tres victorias.

La temporada fue complicada para Cevert debido a los problemas técnicos, que le obligaron a retirarse en múltiples ocasiones. Al final, los pilotos de Tyrrell se vieron superados por Fittipaldi, que terminó alzándose con el campeonato de conductores al volante de su Lotus.

En 1973, la lucha entre Stewart y Fittipaldi siguió siendo la más interesante de la F1. Detrás de los dos contendientes al título estaba Cevert, cuyo primer enemigo empezó a ser el segundo de Fittipaldi en Lotus: Ronnie Peterson.

La escudería Tyrrell había crecido mucho respecto al año anterior y el 'Tío Ken' lo sabía muy bien. Cevert se hizo con la segunda posición en Argentina, España, Bélgica y Francia; con Stewart llegan al podio el 29 julio en Zandvoort, pero ese mismo día Roger Williamson muere, encerrado en el fuego de su March en un horroroso accidente.

En las carreras de Fórmula 1 de los setenta, más que la tensión por la victoria, el peor miedo lo daban los caballeros que conducían los coches, que corrían peligro de muerte en cada segundo. Como en una guerra donde no hay países por conquistar, los pilotos conducían, veloces como misiles, intentando ganar y burlando la muerte.

En el Motorsport Park canadiense, François probó la amargura del infortunio por culpa de un irreflexivo Jody Schecter. El piloto francés sufrió un accidente bastante fuerte, del cual sin embargo salió con únicamente una pequeña herida en el tobillo. Su coche, no obstante, quedó hecho polvo, así que su escudería le manda uno nuevo desde Inglaterra, el 006/3, justo a tiempo para el GP de Estados Unidos que se iba a disputar el 7 de octubre en Watkis Glen.

El circuito norteamericano era hasta la fecha el escenario de la única victoria de Cevert; la carrera de octubre iba a ser la número 100 de su compañero Jackie Stewart.

El Mundial se acercaba a su fin. Cevert y Stewart, con sus respectivas parejas, se fueron a las Bahamas de vacaciones unos días para relajarse disfrutando de las maravillosas playas de las islas caribeñas. Un año espectacular estaba a punto de culminar. Stewart pensaba dejar la F1 justo al final de esa temporada; de hecho, el piloto británico había elegido el GP de Watkins Glen para hacer pública la noticia. Iba a ser su carrera número 100, y de ganarla, se habría consagrado como campeón mundial.

François no sabía nada aún; Jackie no había querido decírselo, un poco para sorprenderle, un poco porque temía que Cevert quisiera dejarle ganar. La idea de Stewart era completamente diferente. Jackie lo tenía muy claro, y lo había hablado con el Tío Tyrrell: "Quiero que sea él [Cevert] quien gane, quiero quede claro que le dejo el mando a él para los próximos años". Stewart se lo había pensado mucho y estaba encantado con la idea.

En las Bahamas, François, Jackie y sus respectivas mujeres solían pasar el tiempo entre la piscinas del hotel, la sala de música —donde Cevert deliciaba a todo el mundo, sobre todo a las mujeres, tocando la Patética de Beethoven— y las bonitas playas, con una bebida en la mano, eufóricos por su bonita vida e hipnotizados por la belleza del océano que se abría ante sus ojos.

François, sin embargo, no podía ocultar sus preocupaciones de cara al último Gran Premio de la temporada. Ferrari le había hecho una oferta y el galo empezaba a cansarse de ser el eterno segundo, por mucho que el primero fuese su mejor amigo.

"Jackie, Ferrari me ha hecho una oferta", le confesó en la piscina a su colega. "Algún día tengo que seguir mi camino, y tu relación con Ken es tan buena que quizás nunca pueda ganarte. Tengo que buscar otro equipo", dijo.

Stewart se quedó callado y no quiso adelantarle que, tras su marcha, el equipo Tyrrell sería para él. "Espera al final de la temporada, François, no seas impaciente. Eres demasiado bueno para que Ferrari no espere otros diez días", le aseguró mientras apuraba su copa y se acomodaba las gafas de sol sobre su imponente nariz.

Después de unos días en las Bahamas, los cuatro se marcharon finalmente a Estados Unidos para disputar el Gran Premio de Watkins Glen, relajados y preparados para hacerlo bien. Antes de la carrerra, Nanou le confesó a Cevert lo que la adivinadora le había dicho, pero François respondió con indiferencia: "Qué más da si muero antes de los 30, seré igualmente campeón del mundo para entonces", dijo, y se despidió con una sonrisa.

Llegó el momento de la verdad. Stewart, a punto de abandonar la F1, se preparó para la que tenía que ser su última y espectacular carrera, la número 100. El británico estaba listo para dejar el mando a Cevert... e incluso pensaba en dejarle ganar —cosa que probablemente no le hubiera gustado a François, que siempre quiso llegar a la cima por sus propias manos y sin la ayuda de nadie.

Cevert, por su parte, estaba listo para enseñar al mundo entero que valía y que estaba capacitado para convertirse en el campeón del mundo la siguiente temporada. En Estados Unidos, el galo esperaba tener la suerte que el año anterior le había permitido hacerse con su primera y hasta la fecha única victoria en un Gran Premio.

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Las nubes que cubrían el cielo del Estado de Nueva York se fueron. Sobre la pista de Watkins Glen no parecía haber demasiada tensión: daba la impresión de que todos sabían lo que tenían que hacer, sobretodo François. Empezaron las sesiones de prueba; eran las primeras horas de la mañana de lo que parecía que iba a ser un día maravilloso.

Cevert estaba lleno de energía y quería ganar a toda costa: quería demostrar a su mujer, al mundo y sobre todo a sí mismo que valía, que podía lograr cualquier cosa. Quería quitarse las dudas que los críticos le metían en el cuerpo cuando aseguraban que aún no estaba listo. Era joven y tenía menos experiencia que su compañero y mejor amigo, pero en ocasiones es por pura inconsciencia que se logran hitos únicos. Quien no arriesga nunca logra nada: así es la vida.

François estaba seguro de sí mismo y de sus capacidades. Era como una botella de Champagne a punto de explotar. Veía a un paso su consagración como grandísimo de la F1 y no pensaba dejarla escapar. Cevert tenía una característica en común con los creativos más exitosos de la historia, con los grandes de todas las disciplinas artísticas que implican el uso de esa dote innata que los italianos llaman el 'estro' (talento): quería siempre más, nada era suficiente para él.

En Watkins Glen, Cevert quería la 'pole position', y para ello pensaba tomar las putas curvas a su manera, porque estaba convencido de era la mejor forma de joder a todos los demás y llevarse la gloria. François lo veía descarnadamente claro.

"Si llegas a la curva en quinta, el coche es más fácil de controlar en caso de que tuvieras problemas", le había dicho Stewart con el semblante preocupado.

Cevert no pensaba seguir su consejo. El tío Ken lo había entendido. Jackie tenía dudas, pero lo dejó ir.

"No te preocupes, antes de empezar un adelantamiento siempre pienso que si estoy muerto nunca podré ser un héroe", había reído François.

La bandera bajó. François pisó el acelerador.

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"Ví a los comisarios con la doble bandera amarilla, señal de que había que parar. Empecé a mirar y vi restos por toda la pista. Parecía un accidente aéreo, pero las piezas tenían el tamaño suficiente para poder apreciar que eran azules", dijo Stewart unos años después.

La pista calló de repente. Nadie se movía, parecía que la gente había parado de respirar. La fatalidad estaba en el aire, pero nadie quería admitirlo, nadie quería tener la confirmación de lo que probablemente había ocurrido.

Los colores eran azules. "No he sido yo, no he sido yo", gritaba el tercer piloto de la Tyrrell. La mujer de Stewart, Helen, no podía bajar las manos de la boca por el susto y el miedo de que algo horrible hubiera ocurrido.

"Los comisarios, Chris y Jody, miraron el coche y se fueron", recordaba Stewart. "Llegué y me quedé paralizado por el horror. Me di cuenta de que nada podía hacer. El Tyrrell estaba atrapado entre los restos de los raíles, el morro hacia abajo y el habitáculo mirando hacia mí. Había humo y vapor por todas partes, un reguero de aceite... Y allí, todavía atrapado por el cinturón de seguridad, estaba mi compañero de equipo, mi protegido, mi amigo, mi hermano pequeño... Estaba muerto".

El silencio más duro cayó sobre la pista neoyorquina. De repente todos fueron una familia, de repentetodos se unieron delante de la fuerza de la muerte cual hormigas impotentes. Un coche se había salido de la pista. Se oyó la ambulancia, los pilotos volvieron a los 'boxes', Stewart se alejó rechazando lo que acababa de pasar de manera instintiva y perfectamente entendible. El patrón de Lotus, Colin Chapman, musitaba algo con voz entrecortada.

"Cevert, Cevert..."

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François Cevert, más que una carrera maravillosa, llena de títulos, dejó el mundo justo unos momentos antes de convertirse en un grande. Como muchos que han pasado por la breve vida terrenal, Cevert sigue vivo en nuestra imaginación y en la de muchos pilotos de Fórmula 1 por lo que podría haber sido. Esto en realidad es lo que duele más: que nunca pudo llegar adonde quería llegar, que justo unos metros antes de llegar a la meta alguien se lo llevó, llámese destino llámese divinidad, dejando un sabor muy amargo en las bocas de quienes se cruzaron en su vida.

Esta es la historia de François Cevert, del príncipe que fue y del rey que podría haber sido.

Sigue al autor en Twitter: @nicolerebo