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Hulk Hogan, el Gran Mentiroso Americano

Incluso en un deporte conocido por su escaso respeto a la verdad, Hulk Hogan ha logrado distinguirse como un vendemotos de nivel. Ahora, los cuentos son lo único que le queda.

Ian Williams

Photo by Kyle Terada-USA TODAY Sports

Hulk Hogan miente. Todos los luchadores profesionales mienten, por supuesto; de hecho, la lucha libre profesional es en sí misma una mentira. Hulk Hogan, sin embargo, es peor aún, porque es una mentira dentro de la mentira. Hogan dijo por ejemplo que estuvo a punto de ser el bajista de los Metallica y que tuvo que pegarse en serio con el luchador japonés Tatsumi Fujinami para salvar su título de la WWE. A ver: no.

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Por si esto fuera poco, la re-narración que hizo Hogan de su icónico encuentro con Andre The Giant en Wrestlemania III está plagada de falsedades fáciles de refutar: Andre pesaba 270 kilos, Hogan no sabía si Andre iba a dejarle ganar, Andre falleció unos días después.

Hogan dice haber salido con 'estrellitas' con quienes nunca ha coincidido; Hogan dice haber vencido a luchadores contra quienes jamás ha combatido. Es increíble lo poco que le cuesta inventárselo. Y sin embargo, todas estas mentiras, toda esta marea de falsedades, tiene una especie de efecto narcotizante, casi hipnótico, que nos gusta y del cual nos cuesta prescindir.

Hogan es la clásica estrella idolatrada y luego olvidada. Terry Gene Bollea (verdadero nombre del luchador nacido en Augusta, Georgia, EEUU) tuvo la suerte de ser elegido por el público estadounidense como estrella absoluta de la farsa que es el WWE. Ahora, sin embargo, Hogan es apenas una parodia de sí mismo, un personaje capaz de pedirle 100 millones de dólares (92 millones de euros) a su ex amigo Bubba The Love Sponge por haber difundido un vídeo porno que tenía a Bollea como protagonista. El 'show' es parte de su vida y siempre lo será.

Hogan comenzó su gran carrera como un héroe americano, agitando la bandera de las barras y estrellas después de haber echado a patadas al campeón Iron Sheik para alcanzar por primera vez el título de campeón del mundo. La primera explosión de la 'Hulkmanía' coincidió con el auge vertiginoso del 'reaganismo' en vísperas de las elecciones presidenciales estadounidenses de 1984: no fue una coincidencia en absoluto.

Hulk Hogan se presentó como una especie de reivindicación ideal de la masculinidad americana, un resurgimiento de la fuerza de las tradiciones más rancias. Sus enemigos eran o bien extranjeros malvados o bien estadounidenses gordos cuya única ambición era trabajar para ganarse la vida modestamente. Todos aquellos aburridos sin fuerzas y sin entusiasmo (y sin amor por la patria) eran justo lo que Reagan combatía —con la excepción de que Hogan nunca luchó contra las mujeres, eso sí. Ni siquiera Hogan era tan malo como el viejo Ronald.

Hay que decir que ambas partes estaban listas: ellos para engañar y los estadounidenses para ser engañados. Carter, con sus exhortaciones a vestirse con ropa cómoda, tener sueños humildes y disfrutar de una lenta decadencia global desde el sofá de casa, irritó mucho un país que quería sentirse fuerte. Hogan era perfecto como discurso antitético, y fue el que mejor lo hizo en esos días de 1984. Los ciudadanos también estaban listos para abrazar a ese carismáticomentiroso.

Está claro que no podemos comparar los daños del 'hoganismo' con los daños del 'reaganismo': Hogan no deja de ser solo un 'wrestler', un símbolo construido por nuestra mente alrededor de un hombre corriente. El luchador, sin embargo, encarnaba perfectamente los ideales de la generación 'Boomer'.

Hogan comenzó su carrera ofreciendo una estética fresca, un aire de californiano moreno con melena y la típica actitud del "y-a-mí-qué-me-importa". El luchador señaló el trabajo duro, las vitaminas y la oración como claves del éxito, y con esa fórmula tan básica como efectista logró estirar su fecha de caducidad muchos años más allá de lo previsto. Al fin y al cabo, ¿cómo podría un Superman rubio con bigote y una cruz al cuello no ser el chico bueno?

Cuando tu régimen a base de "vitaminas" te causa cambios de personalidad y un extraño acné. Foto de John McKeon via Flickr/WikiMedia Commons.

Su estética y su carisma enmascararon la verdad: Hogan se politizó. El luchador ayudó a hundir la sindicalización de la lucha libre, en parte para mantener el favor del dueño de WWE Vince McMahon. Este acto, si se lleva a su fin lógico, significó que las manos de Hogan estaban en parte manchadas por la sangre de docenas de 'wrestlers' profesionales que no tuvieron más remedio que mantenerse como jornaleros independientes y que por lo tanto se vieron forzados a ir más allá de sus límites físicos para ganarse la vida.

Hogan jamás quiso tener competidores de nivel: todo lo contrario, solía rodearse de luchadores muy inferiores a él como Ed "Brutus Beefcake" Leslie y los Nasty Boys. Estos pobres hombres no representaban ninguna amenaza; Hogan solamente se aprovechaba de su servil trabajo para rellenarse el bolsillo organizando combates que siembre ganaba y que engrandecían sistemáticamente su figura.

Hogan, además, no estaba solamente interesado en engañar a los demás: también se diría que le gustaba engañarse a sí mismo. Y lo hizo muy bien, de hecho: incluso se inventó una (lamentable) carrera de actor cuando su época como luchador tocaba a su fin. Cuando amaneció la década de los '90, Hogan empezó a sentir su posición amenazada por muchos luchadores buenos más jóvenes que él como Bret Hart y Shawn Michaels; sin embargo, el 'wrestler' de Augusta seguía manteniendo su liderato como un héroe que no quiere aceptar que ya su época ya ha terminado. No fue hasta que el dueño McMahon tomó cartas en el asunto que su nombre empezó a desaparecer de la WWE.

Hogan se fue al sur, a la WCW, donde cumplía siempre el mismo ritual gastado: amarillo, rojo y vitaminas; amarillo, rojo y vitaminas; amarillo, rojo y vitaminas hasta la saciedad. Hogan estaba lento y tristemente viejo: los abucheos se convirtieron en algo habitual. Su marca de tópicos baratos ya no era lo que quería el público, que en ese momento prefería la idea de la rebelión-pantomima de "Stone Cold" Steve Austin. Austin era un rebelde empleado por un multimillonario, sí, pero nos recordaba que nosotros también podíamos rebelarnos contra el orden. O eso intentaba.

No es que Hogan no tuviese un segundo acto —o un tercero—: los tuvo ambos, de hecho. El segundo acto fue ir contra sí mismo y reinventarse como el "malo" en el misterioso grupo de los nWo. El grupo era convincente a pesar de él, no gracias a él; la ilusión por la novedad de un Hogan maligno se disipó rápidamente. El luchador había alcanzado los 50 años, pero aún así se resistía a dejar atrás la competición por el título y seguía pisando a los demás para mantener un estatus insostenible.

Esa extraña sensación de intentar mantener una vida plagada de mentiras a cualquier precio —y que al final se te note en la cara. Foto de Mark J. Rebilas, USA Today.

Su acto final fue un combo. Su breve regreso a la WWE culminó con una aparición como Mr. America, un Hogan mal disfrazado con una máscara y un traje patriótico exagerado. Nos reímos y él también, porque el patriotismo de vieja escuela de Hogan no merece más que burla hoy en día. Hogan ganó combates contra gente que tenía la mitad de su edad y se enfadó con las pagas recibidas; quizás el sindicato que él ayudó a desintegrar habría ayudado a que fuesen mayores.

Finalmente, Hogan se trasladó de la WWE al TNA, adonde atrajo a todos aquellos amigos que le habían acompañado en el periodo dorado del 'hoganismo' —incluso a su hija, cuya falta de talento es directamente indescriptible. Hogan dejó el TNA en 2013: la competición aún no se ha recuperado económicamente de la debacle que provocó su apuesta por el luchador de Georgia. Es posible que no lo haga nunca.

Lo único que parece tener sentido de toda la historia es que el último acto de esta gran mentira viviente tuviera como escenario los juzgados... y que el problema de fondo fuese un vídeo porno con Hogan como protagonista. Una vez más, el augustense promocionó a un luchador sin talento llamado Bubba the Love Sponge, que teóricamente iba a devolverle el favor hinchándole el ego. En esta ocasión, no obstante, el teóricamente inofensivo segundón terminó convirtiéndose en una amenaza. La mujer de Bubba fue "prestada" a Hogan... y Bubba lo grabó todo. El vídeo resultante consiste principalmente en una grabación de Hogan hablando por teléfono y rascándose la barriga, aunque también contiene unas escasas e inconexas escenas de sexo. La página web Gawker hizo correr la pieza y todos los EEUU se rieron.

El "pobre" Hulk había sido engañado por un amigo y gran parte de su otrora fiel público se mofaba ahora de él: la humillación pública era insoportable. No había otra manera honorable de salir del embrollo sin pasar por los juzgados. Su demanda contra Gawker, sin embargo, se retrasó indefinidamente por esas razones por la cual se retrasan estas cosas. Y aún se retrasará mucho más, por cierto.

La cifra de 100 millones que exige Hogan como compensación es redonda y especialmente agradable porque no tiene sentido alguno. Las declaraciones de Hogan incluyen inevitablemente una súplica, dada la situación sórdida que atraviesa su carrera, pero los aficionados jamás podremos ver a Hogan como un pobre hombre herido que quiere cuidar su privacidad. Después de tantísimas mentiras, después de protagonizar una suerte de 'reality show' durante toda su carrera, y después de sus múltiples entrevistas con Howard Stern, es imposible que podamos considerar a Hulk como a un ser humano que solo lucha por preservar su honor.

Al fin y al cabo, en tanto que personaje público, la privacidad es la última cosa que quiere Hogan. Hulk es ese anuncio de Viagra a las once de la mañana a medio programa infantil; Hulk es el 'boomer' eterno que nunca se cansa de aparecer en los medios, una reliquia del pasado que no para de producir artefactos que nadie quiere ver.

Si hubiese misericordia en este mundo, esta demanda debería convertirse en la última vez que oyéramos en los medios el manido "brother" [hermano] que Hogan suelta constantemente al hablar. Todos sabemos, sin embargo, que no será así: al fin y al cabo, los ideales platónicos no existen... y Hulk Hogan siempre tendrá alguna historia que contarnos, hermano.