Hockey Gods

La revolución estética del hockey soviético

Anatoli Tarasvo hizo con la selección soviética de hockey algo parecido a lo que Rinus Michaels hizo con la 'Naranja Mecánica' holandesa.

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may. 18 2017, 10:52am

Hockey Gods

"Una vez un chico besó a Sofía Loren y, durante toda su vida, recordó y contó que besó a Sofía Loren. Pero, ¿Y Sofía Loren? Ella no tenía ni idea de quién era ese chico, lo olvidó, jamás se acordó de él".

Esa historia, apócrifa y ejemplar, la contó un periodista ruso al que le preguntaron sobre la vez que el equipo ruso de hockey sobre hielo perdió contra el equipo estadounidense, un grupo que jugaba bastante peor que ellos. Sucedió en los Juegos Olímpicos de invierno de Lake Placid, en 1980, y pasó a la historia como El milagro sobre hielo. "Escribí que perdimos", respondía el periodista al entrevistador. Nada más. No hizo aspavientos. Procuró dar a entender que fue una mínima derrota que caló poco, pero para los soviéticos en los 80, perder contra el demonio capitalista encarnado en veinte jóvenes inexpertos, debió ser algo absolutamente doloroso y desconcertante, y más teniendo en cuenta que el equipo rojo era una máquina de victorias y dominio.

Para que nos entendamos, aquel equipo de hockey soviético era como la selección holandesa de los setenta, la conocida como "La Naranja Mecánica". Holanda desmontó las convicciones del fútbol y creó un nuevo estilo que transformó el juego por completo. Pues bien, la Unión Soviética de hockey sobre hielo, en este caso, era roja, pero también era una máquina que desmontó las convicciones y creo un nuevo estilo que transformó el juego por completo.

Las de Holanda y la Unión Soviética son historias similares. Ambas consiguieron sus logros gracias a la unión de un puñado de estrellas casi irrepetible; ambas maravillaron a sus rivales con su revolucionario juego; ambas lograron generar una iconografía que las representaba y, como no, ambas contaban con un gurú en el banquillo: Rinus Michaels, para Holanda, y Anatoli Tarasov, para el imperio soviético.

Un hombre gordo, mofletudo, de voz grave y maneras afectuosas, Tarasov bien podía ser el actor que interpreta al tío trágico, bonachón y alcohólico en un drama familiar. Lo suyo, sin embargo, no era para nada la bebida. Designado por Stalin para organizar un equipo de hockey sobre hielo en el Club del Ejército Rojo, el CSKA de Moscú, Tarasov hizo un trabajo espectacular.

Observador y excéntrico, un erudito, un curioso, un dogmático de la permeabilidad de las materias, del intercambio entre disciplinas: Tarasov hizo del hockey una de las bellas artes

Hay que recordar en qué contexto se desarrolló la carrera de Tarasov, un contexto en el que precisamente la excentricidad y la peculiaridad individual no eran muy positivos dentro del orden que imperaba en comunismo soviético. Si Tarasov hubiese sido artista plástico o poeta, habría terminado en Siberia. Por suerte para él (y para el futuro del deporte del disco), terminó siendo un empleado del estado. Un artista, sí, pero un artista que actuaba dentro de la barriga de la ballena estatal.

La clave de la revolución Tarasov fue sencilla. Hasta antes de su llegada, la gramática de juego aceptada dictaba que el triunfo estaba en darle el disco al mejor jugador del equipo, acompañarlo en sus fintas y servir de pared o anotador después de su jugada. Una prosa efectiva, sí, pero monótona, repetitiva y poco sorpresiva al fin y al cabo.

Lo que Tarasov hizo, curioso, iconoclasta y excéntrico, fue descubrir al mundo que el secreto del juego estaba en transferir el puck de un compañero a otro. El pase. El pase era la unidad básica, el centro de ese gélido y veloz deporte. Tarasov había inventado el tiquitaca mucho antes de que el tiquitaca se implantará en un deporte que no tiene nada que ver con el hockey.

El resultado fue evidente. Disfrutad de este compendio de jugadas y goles nacidos de la mente de un auténtico genio del hockey:

Cuando Tarasov cayó de la gracia del sistema, su sucesor, Viktor Tikhonov, siguió usando el mismo estilo. Mucho menos afable que Tarasov, Tikhonov era un dictador respaldado por el gobierno, un general del ejército que moldeaba a sus "reclutas" once meses al año en un encierro casi monacal. Fueron los alumnos de este último, y no los de Tarasov, los que por fin llevaron el estilo ruso a la NHL.

Tan increíble fue la revolución en el juego implantada por Tarasov que Estados Unidos y Canadá aún hoy cuentan con orgullo patriótico aquella vez que derrotaron a los soviéticos. Sí, la vez.